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30 de abril de 2014

Hijos de perra que jamás fueron cachorros



La cortesía de mi jefe era su carta de presentación. Cuando lucía sonrisa, esta le llenaba aquel rostro de póquer. Siempre iba de farol o, peor aún: hacía trampas. Su secreto – me confesó alguna vez – estaba en que no tenía amigos. No hacía falta que lo jurase. A cambio, guardaba celosamente los próximos treinta días de vida en su dietario Deusto. Nada escapaba de aquellas hojas manuscritas con una precisión que rayaba lo artístico, propia de un monje copista. Pero no era un monje.

Quizá fuera la primera vez en que descubrí al villano tras el personaje cortés. Pero, desde luego, no fue la última.

En cierta ocasión una amiga me dio un sabio consejo: “Una vez me robaron el bolso yendo por la calle. Aparte de la pérdida y del trastorno documental, estuve unos días traumatizada. Tardé un día en denunciarlo a la policía, y me tiré más de un mes saliendo a la calle sin bolso – tenía tres más en casa –. Al final me dije: «No me apaño sin bolso; hoy llevaré bolso». Salí a la calle y no pasó nada. Cuando regresé a casa, el bolso seguía conmigo. Conclusión: siempre salgo con bolso, no temo que me roben de nuevo, pero estoy más vigilante. Así que, Jose, tú sabrás si quieres confiar en la gente o vas a seguir sin fiarte de nadie”. A partir de entonces he vuelto a confiar en personas que me recuerdan a mi jefe: unas acaban saliendo rana y otras, no, pero las que no son de fiar no han logrado jugármela.

La cortesía es una imagen. Y como tal, vale más que mil palabras. Es posible. Pero un solo hecho puede ocultar miles de imágenes. Siempre y cuando estemos dispuestos a entenderlo.

Vivimos en una parte del mundo en que aún puedo escribir casi lo que me dé la gana, en que un asesino es perseguido para que pague por sus crímenes, en que un psicópata es detectado... Un momento: ni todos los asesinos son psicópatas ni todos los psicópatas son asesinos. Por ahí van los tiros (literalmente). Ese CEO que toma la audaz decisión de aumentar los beneficios a costa de echar a dos mil trabajadores a la puta calle. Ese director de colegio que amenaza con abrir un expediente al profesor que le insinúa que uno de sus alumnos sufre acoso escolar. Ese conductor que atropella a un peatón y se da a la fuga. Ese ministro que sonríe a cámara mientras trata de convencernos de que la mayoría de los desempleados cometen fraude en sus prestaciones. Esa estrella mediática que hace campaña contra la anorexia después de veinte intervenciones de cirugía estética. Ese Consejero de Sanidad que deja a miles de personas con una cobertura médica de mierda para ahorrar costes. Ese amigo del alma que montó un negocio contigo y está deseando que no aparezcas más por el local. Esos padres que presumen de un hijo superdotado... A estos, y a algunos más, jamás les dejéis un arma de fuego.

No son locos; son dueños de sus actos, saben lo que es moral e inmoral y son infalibles. No sé si algunos nacieron así o si, sencillamente, se quedaron así o si, quizás, se fueron moldeando. Parece que tuvieron infancia, pero en algún momento de sus vidas algo debió de torcerse. Hasta el punto de que, si efectivamente fueron niños, acabaron olvidándolo. O tal vez nunca fueron niños.

Porque si fueron niños debieron de aprender el valor de la amistad, el disfrute del juego con otros niños, el cariño, la compasión... la empatía de una forma o de otra. Aunque habiendo sido crueles. A no ser que jamás hubieran sentido nada por nadie, salvo por ellos mismos. Si es así, nunca fueron cachorros; fueron y son hijos de perra.




19 de abril de 2014

Bendita infancia en el pueblo

Nos bautizaron a todos. Nos animaron a ser monaguillos. Pero nos importaba un pimiento. Sabíamos que en Semana Santa nos veríamos muchos días, en la antesala a las grandes vacaciones de verano. En realidad, no pasaba gran cosa: bicicletas, excursiones a las fuentes, partidos de fútbol, merienda por las calles del pueblo, jugar a liebre, al escondite hasta las tantas... O así era hace treinta años.

Fuente

Terminaron las luces con las velas, la oscuridad con aquellas. La iglesia, recostada en su piedra, proyectaba su sombra ante la luna llena, oronda y reluciente. La luna; la iglesia, su sombra.

Fieles, como los de cualquier balanza, se decantaban hacia un lado o al otro, en las camas, sumidos ante Morfeo, ante su dios milenario. A vueltas de todo, descansaban sus pensamientos o consultaban con su almohada. La paz la encontraban al cabo de un par de horas, cuando las torrijas estaban más que deglutidas. Pero ya no eran conscientes.

El pueblo les arrullaba entre balidos nocturnos de algún rebaño, repleto de ovejas negras tras la luna que ocultaban, en el monte, cercano a las eras. El rebaño; el monte, subiendo las eras. El pueblo, en el monte, como las eras. Y ninguna cabra, ninguna para tirar al monte.

Quienes soñaban con la indumentaria que llevarían el Domingo de Resurrección. Quienes soñaban con las miradas que les lanzaban los de los bancos próximos a la sacristía. Quienes soñaban con sus difuntos. Quienes soñaban y no se acordaban. Pero todos soñaban. Todos, hasta los embrutecidos por la limonada que corría por sus venas. Aquí paz y después gloria.

Judas, traidor, tiraba por tierra el amor de su maestro por treinta monedas de plata. El amor de su maestro por Judas; Judas lo tiraba por tierra por treinta monedas de plata. Traidor. ¿Qué pasará mañana?

Amanece. Incluso antes de la señal de los primeros gallos. “¡Quiquiriquís a mí!”, se dice el Sol. “¡Monsergas!”, el pastor; “¡hostias!”, el pastor de almas. Las ocho: un Land Rover dispuesto a dar guerra ruge por la plaza, un chucho se aparta, otro persigue la humareda que no logra ahogar sus ladridos. El Mele hace su aparición; es el primero..., pero, ¿para qué? Es Viernes Santo y hoy no viene el pan. Por si acaso, es el primero. Toda la plaza para él, que se lo ha ganado. Hasta que un par de chiquillos aparcan sus Bicicross en el pilón de la fuente. Son el chico el Luis, el mayor, y el de la Conso, también el mayor. El Usebio, más tarde, la Flora, y también la Petra, se saludan con un “está buena la mañana” y un “parece que sí”.

Han de pasar un par de horas para que la plaza del pueblo exhiba una representación de los venidos para estas fechas. De la capital. El pueblo se puebla.

Amaneció el sábado, amaneció el domingo. Y llegó el lunes, el que hace la Pascua: el pueblo apenas sin almas hasta el siguiente fin de semana. Si no llueve.

Porque, amigos, la procesión iba por dentro: solo quería pasar las vacaciones con mis amigos del pueblo. ¡Bendita Semana Santa! ¡Bendita infancia!




18 de abril de 2014

Parábola balística


Es sencillo criticar sin aportar soluciones. Casi siempre criticamos de esa forma porque no conocemos las soluciones o porque nos es imposible ponerlas en práctica. Sin embargo, hay quienes pueden aportar algo y no lo hacen. Acaban cayendo en la crítica destructiva, la que vende, la que saca las emociones de las entrañas, pero sin aportar nada. Veamos que la trayectoria a seguir es compleja.


Yo pegué un tiro al aire, cayó en la arena”, cantaba Camarón por alegrías. Haríamos bien en prevenirnos de los disparos al aire, al menos por dos razones: porque siempre y cuando no supere la velocidad de escape (la que situaría al proyectil fuera de la órbita terrestre), lo que se lance hacia arriba acaba cayendo; y porque, aunque la fricción contribuye a frenar su velocidad, el objeto lanzado vuelve a tocar suelo casi con la misma velocidad, pero a mayor temperatura.

Cualquiera puede hacer la prueba con una simple piedra, aunque apenas apreciará diferencias entre las condiciones de subida y de bajada (velocidad y temperatura). Sin embargo, tendríamos que distinguir dos tipos de lanzamientos: los que no tienen componente horizontal de los que sí la tienen. En ambos tipos de lanzamiento (sin alcanzar la velocidad de escape), los proyectiles acabarían cayendo. En el caso del lanzamiento vertical, podríamos despreciar la desviación frente a la normal. Pero en el resto de lanzamientos, con alguna desviación hacia la horizontal, la trayectoria de caída describiría una parábola.

En ambos casos hemos de considerar, como casi siempre, dos variables: el espacio y el tiempo. Tanto una como otra de estas variables juegan a nuestro favor para prevenir los daños de la caída: cuanto más fuerte es el impulso, más tiempo tarda en caer el proyectil y más tiempo tenemos para alejarnos (espacio) de su impacto de vuelta o parapetarnos (bloqueando, “poniendo espacio de por medio”). Pero en todo caso, para protegernos hemos de conocer que caerá y, por supuesto, dónde y cuándo caerá. Nos hace falta, pues, información.

Pero el quid está en que el lanzador tenga conocimiento de lo que hace. No siempre es suficiente con que advierta de su lanzamiento ni de su ulterior caída. Es necesario además que conozca cómo se comportará el proyectil en su trayectoria para que al menos sepa a qué atenerse en la caída. Pero también es importante que quiera comunicar su información para advertir a otros, si sabe comunicarla -claro-.

En muchos casos es suficiente con informar de dónde y cuándo caerá, pues a las personas afectadas les suele valer. Pero en algunos otros casos no es tan sencillo que pueda conocer con suficiente precisión las condiciones de caída o siquiera si el proyectil puede encontrar obstáculos en su trayectoria. Entonces el lanzador, si quiere prevenir daños, debe solicitar ayuda a otras expertos: que conozcan la dirección del viento, la existencia de obstáculos, etc. Por tanto, teniendo en cuenta otra vez el espacio y el tiempo, cuando más distancia (espacial y “temporal”) se prevea entre el lanzamiento y la caída, más conocimiento es necesario reunir sobre las condiciones de la trayectoria.

Si esto es así de complejo para una acción aparentemente tan simple, me pregunto lo complicado que puede llegar a ser decidir y tomar una acción de gobierno, especialmente si, como se supone, esta acción no pretende causar daños.

Cuando la crispación política se instala en la sociedad, la ciudadanía recela de los políticos que gobiernan. Es comprensible. Aparte de las lícitas dudas que nos surgen por la imperdonables inmoralidades (e ilegalidades en algunos casos) en que pueden caer las personas que ostentan la responsabilidad de gobierno, podríamos preguntarnos si las decisiones que toman siempre son tan catastróficas como algunos nos hacen creer. Probablemente esos agoreros tengan intereses propios que rara vez casan con los más comunes. Y a la inversa: es probable que haya aduladores con intereses propios, bastante alejados de causas comunes que ellos tratan de santificar cínicamente.

En todo caso, y suponiendo que hubiera expertos que supieran aconsejar a los gobernantes que lanzan decisiones que caerán sobre nuestras cabezas, ¿cuándo y cómo asesoran? Y, si  no lo hacen, ¿por qué negarse a brindar sus esfuerzos o conocimientos para que las decisiones de gobierno fueran las más beneficiosas para todos?

La política es cosa de todos, qué le vamos a hacer.

Diferentes sería si las decisiones hubieran estado tomadas de antemano y no nos encontráramos ante simples lanzamientos, sino ante proyectiles teledirigidos.

¿Ustedes qué creen?