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2 de noviembre de 2014

Educación formal y coherencia educativa

Hay conocimiento objetivo y compartido acerca de la educación, pero no es un conocimiento universalmente aceptado. Podríamos referirnos a teorías o a modelos más o menos aceptados. Y aquí tendríamos que andarnos con especial cuidado, pues esas teorías o modelos también subyacen en las acciones que llevamos a cabo cualquiera de nosotros, nos dediquemos profesionalmente a la educación o no. Tratemos de argumentar en pos de hallar una coherencia de la práctica educativa.


Antes de arrancar, quisiera presentaros esta sutileza:

«La ética, en la medida en que surge del deseo de decir algo sobre el sentido último de la vida, sobre lo absolutamente bueno, lo absolutamente valioso, no puede ser una ciencia. Lo que dice la ética no añade nada, en ningún sentido, a nuestro conocimiento. Pero es un testimonio de una tendencia del espíritu humano que yo personalmente no puedo sino respetar profundamente y que por nada del mundo ridiculizaría»*.

Ahora os invito a que penséis sobre aquellas cosas que tenéis claras sobre la educación. Y, en un esfuerzo aún mayor, a que analicéis la evolución de esa concepción a lo largo de vuestra vida: si pensabais igual hace diez años, hace veinte... Bien, ahora, si podéis, tratad de comparar vuestras ideas con las de otras personas que conozcáis.

Supongo que habréis encontrado cuestiones inalterables a lo largo de vuestra vida, así como acuerdos con las concepciones de otras personas. Pero, de la misma forma, es muy probable que también encontréis visiones muy distintas acerca de la educación de un tiempo para acá y entre vuestra concepción actual con las de otras personas.

Existen estudios sobre las llamadas teorías implícitas, que son aquellas que subyacen en el saber popular y que, de alguna manera, correlacionan con el saber “experto”. Según estos estudios, la trayectoria entre las creencias cotidianas y el conocimiento seguiría un continuo. Voy a poner un ejemplo trivial: Sin conocer la ley de gravitación universal, cualquier persona en su sano juicio desiste de saltar de un quinto sin ascensor para llegar a la calle y decide bajar por las escaleras, pues su experiencia avala que la aceleración le propinaría un fuerte golpe contra el suelo si recorriera quince metros en caída libre. Sin embargo, como habréis supuesto muchos, otras creencias nada tienen que ver con el conocimiento que hemos llamado experto. Siguiendo con el mismo ejemplo: Hay personas que toman decisiones tras consultar a astrólogos. En el primer caso, la creencia subyacente tiene relación con el conocimiento (si me tiro, me hago daño), en el segundo caso no hay ninguna relación (no existe evidencia de que el campo gravitatorio de Sirius afecte decisivamente para conseguir el empleo).

Pero en educación, donde intervienen diversas disciplinas, las cosas no están tan claras. Por ejemplo: Durante siglos se establecieron el Trivium (gramática, dialéctica y retórica) y el Quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música) como enseñanzas fundamentales de los “hombres libres” o intelectuales... en Europa, a los que la Escolástica añadiría enseñanzas para leer la Biblia. Mientras que, en China, las enseñanzas estuvieron basadas en el confucionismo. En la actualidad, sin embargo, la retórica y la dialéctica no se abordan como tales ni siquiera en la facultades de humanidades, e incluso las ingenierías cuentan con la consideración de carrera universitaria, también en China. Y la reciente LOMCE ha retirado la Música como asignatura del currículum de Primaria. Por tanto, incluso para determinar qué enseñar, qué aprender, no es fácil hallar acuerdos. Y, como veis, me estaba refiriendo a ámbitos académicos, donde la educación está en manos de profesionales, y solo me refería al qué enseñar, no al cómo. Imaginaos para llegar a acuerdos en el ámbito cotidiano.

Bien, hechas estas apreciaciones y retomando las exposiciones de las siete últimas entradas del blog, quiero concluir esta saga llamando la atención sobre al menos tres aspectos básicos que entiendo que sí son bastante compartidos por los profesionales de la educación. De una forma u otra mostré mis preferencias por unos modelos pedagógicos más que por otros, porque, naturalmente, como he argumentado hasta ahora, aplicamos más unos modelos que otros. Y ahora sí, me estoy refiriendo a quienes nos dedicamos a la docencia. Que, lo queramos o no, también hacemos de educadores. Así, voy a fijar esos tres aspectos básicos en la realidad de los centros escolares, esa realidad tan heterogénea, a pesar de todo. Los tres aspectos para los que sugiero una reflexión son los siguientes:

- Los modelos pedagógicos como fuente de conflictos.
- Los modelos pedagógicos como punto de encuentro.
- Los modelos pedagógicos y la educación permanente.

Paso a comentar cada uno de ellos:


Los modelos como fuente de conflictos

A veces ni siquiera un modelo pedagógico queda suficientemente explicitado en el Proyecto Educativo de un centro escolar. Y, en ocasiones, aunque quede recogido por escrito, la práctica educativa nos advierte de que no es exactamente así. Por ejemplo: Puede estar en boga incluir los calificativos “cooperativo” o “participativo”, pero en las prácticas del centro se observa que lo que realmente subyace es un modelo competitivo y coercitivo. Sin ir más lejos, es fácil escuchar: “Fulanito, date prisa, que Menganita ya ha terminado sus sumas”.

Esta disensión entra la declaración de intenciones institucional y la práctica es generadora de conflictos. ¿Quién asumió el principio del aprendizaje cooperativo y la participación del alumnado? En algunos casos, el claustro actual apenas tiene que ver con el claustro de hace un par de cursos, y la mayoría de sus miembros no comparten esos principios. Insisto, quizá comparten el nominalismo, pero no creen en ello. Lo cual puede extenderse incluso al ámbito de los preámbulos de los diferentes desarrollos legislativos.

Incluso en los elementos curriculares prescriptivos (objetivos, contenidos, criterios de evaluación...) existe margen de maniobra para ampliar (“dar más”, quizá aprender más). Y no solo eso, sino que pueden estar sujetos a interpretaciones en cuanto a su grado de consecución y a su matización. ¿Como no iban a ser sujetos a interpretaciones los modelos pedagógicos que cada docente llevase a cabo con sus grupos de alumnos?

Indudablemente, los conflictos son consustanciales a cualquier organización social, como también lo es la escuela. Y, en general, suele existir una forma inicial para su resolución que pasa por la comunicación y la búsqueda de entendimiento. Y, como la prescripción atañe al qué enseñar, pero el cómo enseñar “solo” cuenta con orientaciones generales por parte de la Administración educativa, solemos cometer el error de abusar del lema: “Cada maestrillo tiene su librillo”. Y digo abusar; porque parece evidente que cada cual tiene sus preferencias, pero no debemos olvidar que nuestro trabajo gana más eficacia si trabajamos en equipo y en colaboración con las familias, los principales educadores (1er argumento para buscar una coherencia educativa).


Los modelos como punto de encuentro

Los modelos encierran una virtud: atienden a una tipología de caracterización, de simplificación, por tanto, donde manejamos un código entendible por todos. Por otra parte, cada persona, en este caso, un docente, comparte aspectos de cada modelo, pero no se ajusta a ese modelo de forma estricta, sino que, a partir de su experiencia profesional fundamentalmente, ese docente es capaz de extraer de forma crítica las implicaciones más eficaces para su práctica diaria.

Por ello, el encuentro en lo simple, en el modelo, habría de venir acompañado de elementos de juicio solventes como, al menos: resultados de procesos de investigación-acción, en particular, e información a partir de una evaluación real y actualizada del contexto, en general. En otras palabras: “Cuando lo hice así, nos fue bien porque era un grupo de alumnos no muy numeroso y para el que pude contar con la participación de sus familias. Pero este curso debo introducir algunas novedades porque las familias apenas disponen de tiempo para estar con sus hijos. Tengo que ver cómo es la situación de otros grupos, a ver qué me cuentan mis compañeros”, por ejemplo.

Sin delimitación de necesidades resulta fútil la búsqueda de un consenso en torno a cualesquiera modelos. Por tanto, los diversos criterios personales se pueden aproximar partiendo del conocimiento cualificado de cada miembro del claustro y convergiendo en los modelos teóricos que todos conocen de forma fundamental. Pues, como hemos visto a lo largo de la exposición de los modelos, al menos los expuestos presentan algunos puntos de encuentro (2º argumento para buscar una coherencia educativa).


Los modelos y la educación permanente

Pero ¿qué ocurre cuando los alumnos cambian de un centro escolar a otro? Incluso cuando se produce un traslado durante la misma etapa educativa se puede producir un choque entre el estilo de aprendizaje del alumno, su cultura familiar... con las prácticas del nuevo centro. En este caso quizá no deberíamos hablar de conflictos entre centros, como así nos referimos al hablar de conflictos dentro de un centro, pero es inevitable atender a cómo se produce la relación entre ambos centros, que sin duda, la hay: a nivel mínimo, como integrantes del sistema educativo, dentro de una enseñanza formal; a nivel sociocultural de alcance regional o estatal; posiblemente a nivel de relación entre personas, ya sea como conocimiento de docentes, de familias;... En suma, a pesar de que la autonomía de los centros es un valor en alza, sería una lástima que los centros no avanzaran también en la relación y el conocimiento mutuo. Internet brinda grandes oportunidades para eso: redes sociales, plataformas donde compartir datos... Pero es necesaria una voluntad que evite que los centros se conviertan en islas.

Pero, sin duda, el cambio con mayores repercusiones no es tanto el que se produce cuando el alumno cambia de centro escolar, sino el que se produce cuando además cambia de etapa educativa: de primer a segundo ciclo de Infantil y de Primaria a Secundaria, especialmente.

Podría parecer que el paso de la escuela infantil (ya generalizada a edades menores de tres años) al colegio con segundo ciclo de Educación Infantil fuera un cambio menor, pero realmente no lo es. Fundamentalmente porque el segundo ciclo pasa por ser una etapa eminentemente propedéutica y el primer ciclo no suele pasar de la consideración de asistencial. Así, la metodología del primer ciclo suele basarse en presupuestos fröbelianos para dar paso en el segundo ciclo a métodos más mecánicos y de menor contenido experiencial o exploratorio. La razón última suele encontrarse en el claustro del colegio, más representado por el profesorado de Primaria y que de alguna forma apremia al profesorado de Infantil para que preparen a los alumnos para un modelo didáctico más basado en la asociación de forma mecánica y con mayor peso en los procesos memorísticos diferenciados. Obviamente este modelo encaja mejor con la edad de seis años, pero no suele ser conveniente adelantarlo a edades más tempranas, en que el niño no suele haber desarrollado su capacidad operacional, dicho en términos de la Psicología Evolutiva. De ese modo, la etapa Primaria constituye la piedra angular entre Infantil y Secundaria. Etapa esta en que el profesorado, a su vez, reclama no solo mayor conexión entre los conocimientos con los que llega el alumno de Sexto con los que se le proponen en Primero de la ESO, sino en la forma de asimilarlos. En suma, se producen diferentes fracturas antes y durante el período de escolarización obligatoria, que, en general, responden a una falta de entendimiento o de comunicación entre los profesionales de las diferentes etapas.

Desafortunadamente, estas fracturas se tratan de solventar siguiendo un método jerárquico: estableciendo las prioridades desde los tramos de enseñanza más altos. A nuestro juicio, pesa mucho la opinión pública, no tanto la argumentación crítica, quizá debido a la mediatización que se hace con fines políticos de los informes educativos. Sin embargo, manteniendo nuestros argumentos anteriores, consideramos inevitable el entendimiento entre los diversos tramos y, por tanto, entre los diversos centros que ofertan esas etapas.

Y llegados a este punto, me veo obligado a hacer una gran advertencia: Resulta muy común en los centros privados (mayoritariamente adscritos a una orden católica) en los que se imparten todas las etapas desde los 0 hasta los 18 años ver cómo los niños de primer ciclo de Infantil ya “trabajan” con las denominadas “fichas”. Esto, si bien aparenta responder a un entendimiento entre diferentes etapas, viene a abundar en lo que acabo de describir, que no es entendimiento, sino imposición dentro del mismo colegio, dentro de una línea que ni siquiera llamaría propedéutica, sino de entrenamiento para ulteriores niveles educativos.

Por todo ello, independientemente de los modelos que tomemos, hago un llamamiento a para recordar que educamos para toda la vida, que educamos para que entre todos vivamos mejor, alentando el esfuerzo, las posibilidades y las expectativas de cada uno. Es decir, educamos, nos educan y nos educamos permanentemente. Y algo de coherencia deberíamos buscar también en la educación formal, ¿no? (3er argumento para buscar una coherencia educativa)


Si no es así, empezaremos a ver cada vez a más niños de veinte meses haciendo fichas con gomets, sin apenas tiempo para practicar el juego simbólico o para pasarse la pelota siguiendo un redondel.


*Wittgenstein, L. (1989: 43). Conferencia sobre ética. Barcelona, Paidós




2 comentarios:

  1. Me quito el sombrero. Te agradezco enormemente el inmenso aporte que has hecho con estos post. Te felicito por la síntesis que has hecho, por la elección que presentaste y por la brillante reflexión que remata la faena.

    Muchas gracias y felicidades.

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