18 de abril de 2016

Me retiro 2.0

Han sido unos cuantos escritos que pululan por la Red. Atrapados en amasijos de hilos que nos confieren cierta realidad, por virtual que parezca. Tengo mis aficiones, entre las que está la escritura o la perpetración de textos, así como el afán de curiosear cosas que compartir a los cuatro vientos, no sólo entre mis alumnos, amigos y mis seres más queridos. Como le dediqué en cierta ocasión a una compañera jubilada, no se deja de ser maestro ni en la cola del supermercado. En el deseo egoísta de contribuir a un entorno más amigable, he disfrutado mucho buscando información y haciendo un refrito con mis ideas, buscando los canales para llegar mejor y a más personas. También he disfrutado compartiendo mi uso heterodoxo del lenguaje escrito como si fuera un juego, lo admito, pues reconozco que engancha esa parte exhibicionista de quien se sube al escenario. Pero me retiro por un tiempo.

Foto tomada por mi padre este otoño

Hay cosas que quedan pendientes de publicación. Y es posible que en un tiempo, indefinido, me dé por escribir cosas y juntarlas para sacar algo más extenso que una entrada de blog o un artículo. El tiempo lo dirá.

Mientras, las cosas seguirán pasando: las buenas, las menos buenas y las horribles. Afortunadamente y a pesar de los noticieros, sigo siendo optimista y creo (lo siento, sólo es creencia o esperanza) que, de una manera u otra, las personas de a pie seguiremos luchando por hacer una sociedad mejor.

Nos vemos y gracias por leerme.





P.D.: Otras cosillas:




  • En otros blogs:
   


 

15 de abril de 2016

Procedimiento autoinstruccional en el aula. Una experiencia en Educación Infantil


En un maremágnum de información somos muy dados a utilizar palabras como etiquetas sin conocer a ciencia cierta si se cumplen las características suficientes para catalogar tal o cual cosa. Así, por ejemplo, es frecuente abusar de la expresión “estar depre” en lugar de “sentirse triste”, o calificar a un niño como “hiperactivo” cuando no lo soportamos. Tanto la tristeza como la incombustible actividad física pueden formar parte de cuadros clínicos de depresión y de TDAH, respectivamente, pero no determinan su diagnóstico. Así que podemos ahorrarnos las etiquetas hasta contar con una evaluación cualificada por parte de un profesional o de un equipo de profesionales.


Hecha esta mínima aclaración, voy a exponeros una experiencia llevada a cabo en el aula siguiendo un procedimiento conductual que en ocasiones se utiliza para ayudar a niños de conducta hiperactiva. Insisto en que no es el caso.

Por organización didáctica (número de alumnos, cuestiones prescriptivas como el currículum...) se plantean actividades en el último curso de Educación Infantil, previo al período de escolarización obligatoria, que tienen mayor carácter propedéutico. Lo cual exige al alumno una postura corporal continuada que le permita atender durante un tiempo suficiente algunas instrucciones más complejas o que le permita realizar tareas con mayor grado de atención. Daniela era una niña que con cinco años no era capaz de permanecer sentada en la silla para la realización de una actividad durante, al menos, un minuto. Siempre ha sido una niña brillante, sin dificultades de relación, pero con frecuentes llamadas de atención al adulto. Así que tratamos de contribuir a que la alumna lograra permanecer sentada en la silla durante el tiempo que durase la actividad, y que realizara, al menos, parte de esta actividad.

Para llevarlo a cabo, seguimos las fases del procedimiento autoinstruccional propuesto por Meichenbaum y Goodman (1971):

1. Modelado cognitivo: el profesor modela las instrucciones en voz alta; el niño escucha y observa.

2. Guía externa: el niño realiza la misma tarea siguiendo las instrucciones del profesor, éste verbaliza las autoinstrucciones.

3. Autoguía manifiesta: el niño ejecuta la tarea verbalizando en alto y para sí mismo las autoinstrucciones.

4. Autoguía manifiesta atenuada: el niño trabaja susurrando para sí mismo las autoinstrucciones.

5. Autoinstrucción encubierta: el niño utiliza su lenguaje interno para guiar en silencio su acción.


Y aquí va el relato de lo que hicimos:

1. Modelado cognitivo: Durante una semana comenzamos dándole la mano para avanzar con ella hasta la silla y sentarnos junto a ella, a la vez que fuimos describiendo (y narrando, pero siempre en presente) en voz alta todo lo que íbamos haciendo, lo cual contribuía a fijar su atención.
Progresivamente (durante la segunda semana) fuimos soltándole la mano cada vez más lejos de la silla, mientras le exhortábamos: “Daniela, siéntate en la silla, vamos a escribir". Como no conseguía sentarse con la instrucción verbal, sin darle la mano, al final de la segunda semana volvimos a acompañar la instrucción verbal dándole la mano y sentándonos junto a ella. Manteniendo el contacto visual y táctil mientras dábamos las instrucciones en voz alta, Daniela consiguió sentarse hasta cinco minutos en la tercera semana.
En este caso las instrucciones tuvieron dos componentes: uno orientado a la demostración de la actividad didáctica (incluyendo una actitud de interés) y otro orientado a ejemplificar la posición correcta en la silla. Por ejemplo: “Cojo las tijeras y la hoja de la revista. Busco una foto que me guste: «¡Es un árbol! Lo recorto con las tijeras. Ya está. Dejo las tijeras, cojo el pegamento y pego el árbol en el papel. ¿Os gusta? Me gusta recortar y pegar sentado en la silla. ¡Qué cómoda! Bueno, ahora escribo: «árbol». A la vez que íbamos pidiendo la participación de la alumna: «Daniela, por favor, ¿puedes darme el pegamento? Gracias, Daniela», para favorecer su implicación y, por tanto, su interés.


2. Guía externa explícita: Aunque tenemos más alumnos, además de Daniela, continuamos prestándole más atención a ella en esta fase. Persistía su inquietud en la silla (cambios continuos de postura, miradas frecuentes fuera de la mesa, solicitudes verbales de otra actividad diferente a la propuesta, etc.), así que mantuvimos eventualmente el contacto físico (le acariciamos el pelo, la mano), tratando de hacerlo con menos frecuencia (aunque seguimos sentados junto a ella, como modelo postural).
Como decíamos, mientras guiamos verbalmente a sus compañeros, lo seguimos haciendo con más hincapié con Daniela. Cuando era menester, inicialmente incluso dirigimos sus movimientos con nuestras manos. La actividad manipulativa cumplía aquí un papel fundamental, pues permitía que la alumna se centrase en algo concreto y con una importante componente motriz; mientras su actividad física esté situada en unos segmentos corporales específicos (las manos), el resto de los segmentos corporales tendrán menos estímulos y serán inhibidos sus movimientos más fácilmente.
Era conveniente también que los mensajes instruccionales contuvieran refuerzos sociales o afectivos: orientados a reforzar la conducta de la actividad didáctica, y orientados a reforzar la conducta de permanecer bien sentado. Por ejemplo: «Eso es, Daniela. Te está quedando precioso. Si sigues sentada, vas a hacer un cuadro muy bonito. ¿Quieres que se lo enseñemos a los amigos?». Esta fase abarcó desde la tercera a la quinta semana.

3. Autoguía manifiesta: No siempre podíamos dejar a Daniela “sola ante el peligro”. Le ayudábamos de la siguiente forma: Tras haber seguido las anteriores fases, en diferentes actividades didácticas, Daniela permanecía sentada y observaba a intervalos la demostración de una nueva actividad. Cuando llegaba el turno de los alumnos, en cada fase de la actividad íbamos comenzando la frase e íbamos animando a Daniela a que la completase: «Cojo una cera de la caja de las...». Daniela: «...ceras», mientras cogía la cera, claro.
Y, sobre todo, lo hacíamos ya con la conducta “general” de permanecer sentado: «Estoy sentado en una...». Daniela: «...silla». Con algún aliciente como: «Estoy sentado como... (señalando a un compañero sentado)». Daniela: «...Lucía».
Poco a poco empezábamos a preguntarle: «Daniela, ¿estás sentada? ¿Dónde estás sentada?». Sus respuestas eran más abiertas y ya iban constituyendo parte de la autoguía manifiesta, pues, por ejemplo, podía no contestar. Así, además, iba logrando reflexionar para responder correctamente.
Progresivamente, las preguntas iban siendo totalmente abiertas: «¿Qué haces, Daniela?», «¿Cómo nos sentamos para dibujar (escribir, recortar, lo que se hiciera en ese instante)?».
Su expresión (autónoma) comenzaba a estar centrada en lo que hacía (no en lo que quería hacer, e.g.) en torno a la sexta semana, y ya pudimos considerarlo como una autoguía manifiesta. No siempre era así, pero respondía bien a las preguntas abiertas y permanecía sentada más de cinco minutos. Así que, de todas formas, pasamos a la siguiente fase (en la décima semana).

4. Autoguía manifiesta atenuada: Al principio de esta fase comenzamos a hablar con un débil volumen de voz. Daniela volvió a dispersarse, aunque permanecía sentada. Por eso decidimos repetir la fase anterior pero en voz baja, haciéndole gestos (exagerábamos tapándonos los oídos y aprovechábamos una fantasía sobre un personaje que dormía, por ejemplo) para que ella tampoco elevara su volumen de voz. Era muy importante (como en fases anteriores) que los compañeros también nos siguieran.
Un buen día dijimos: «Hoy tenemos que hablar muy bajito, como las hormigas. Tan bajito, que no podemos entender lo que decimos». Desde ese día, procuramos atender todas las peticiones de ayuda en voz muy bajita, casi susurrando al oído a todo aquél que nos requiriese. La pega era que teníamos que levantarnos y separarnos de Daniela. Para paliar este “contramodelo”, sólo nos quedaban dos soluciones: bien nos creábamos un personaje ficticio con esa característica especial (que nunca se sienta o que puede levantarse) o bien acordábamos una norma («Los profes son las únicas personas que pueden estar de pie»).
Cuando Daniela comenzó a regular su volumen de voz permaneciendo sentada (tres semanas después de las vacaciones de Navidad, la décimo sexta semana; tuvimos que retomar algunas acciones), consideramos que había conseguido un autocontrol muy aceptable. Pero aún quedaba una última fase.

5. Autoinstrucción encubierta: Llegados a este punto es cuando Daniela empezó a manifestar si realmente había adquirido la habilidad de permanecer sentada mientras duraba la actividad y si había realizado parte de ésta de manera autónoma. A partir de la décimo octava semana comenzamos a dar las instrucciones con normalidad y sin prestar ayuda a la alumna: 1) «Venga, chicos, chicas, nos sentamos, vamos a contar garbanzos»; 2) «Muy bien. Lo que vamos a hacer es contar los garbanzos de color rojo. Vamos a escribir el número, etc.»; etc.
A partir de la explicación y demostración de la actividad didáctica, los alumnos (todos) realizaron la actividad con los comentarios y ayudas que fueron precisas por parte de los docentes. Es decir, cada cual utilizó sus propios mecanismos lingüísticos, prestaron ayuda a los compañeros y actuaron de acuerdo a los parámetros normales de esta edad. Observamos la conducta de Daniela y la registramos en un anecdotario. Varios meses después continúa manifestando pérdidas de atención, pero mucho menos frecuentes que a comienzo de curso. Desde luego que no está en absoluto silencio (ni sus compañeros) y a veces pierde el hilo de lo que estamos llevando a cabo. Pero, al menos, adecúa su actuación a la de sus compañeros en situaciones que requieren más atención. Y sí, suele permanecer en la silla hasta que concluye la actividad. Valoramos que lo está consiguiendo.




Algunas consideraciones: Aunque a priori puede parecer un caso simple, no lo es. En la toma de decisiones han participado diferentes profesionales (equipo de orientación, maestros de apoyo, tutor) y siempre colaborando con la familia. Hubo un acuerdo inicial de abordar el problema siguiendo este procedimiento, incluyéndolo como una medida ordinaria de atención a la diversidad, no significativa (metodológica). Por tanto, todo esto no habría sido posible sin apoyarnos en diversas actuaciones que se fueron tomando paralelamente: refuerzos, conocimiento del ambiente familiar del alumno, sobrecorrección, extinción, costo de respuesta, aproximaciones sucesivas, etc. Además hubo que preparar el aula, evitando la abundancia de estímulos materiales, para inhibir la distracción en lo posible; hubo que entrenar habilidades comunicativas (gestos simbólicos, palabras clave, iconos especiales, tono de voz...); hubo que trabajar la atención en otros momentos del día, con la familia, etcétera, etcétera, etcétera.


 

Entrada relacionada: "El modelo pedagógico basado en el aprendizaje por observación"


Bibliografía:


Fernández, F.D. (2002). Atención a la diversidad en la escuela inclusiva: pautas e instrumentos para la evaluación e intervención psicoeducativa de alumnos con trastorno por déficit de atención con hiperactividad. En M. Lorenzo y otros (Coords.), La organización de los nuevos procesos de institucionalización de la educación. Granada: Grupo Editorial Universitario

Feuerstein, R. y Hoffman, M. (1994). Programa de enriquecimiento instrumental. Madrid: Bruño

Monjas, M.I. (1996). Programa de enseñanza de habilidades de interacción social para niños y niñas en edad escolar (PEHIS). Madrid: CEPE.

Orjales, I y Polaino-Lorente, A. (2007) Programas de intervención cognitivo conductual para niños con TDAH. Madrid: CEPE

Serrano, I. (2000). Tratamiento conductual de un niño hiperactivo. En F. X. Méndez y Maciá, D. (Coord.), Modificación de conducta en niños y adolescentes. Libro de casos. Madrid: Pirámide







29 de marzo de 2016

Un curso que aún no ha acabado

Me aventuro a afirmar que usted, lector, ha pasado por la escuela. Desconozco su experiencia, pero no creo alejarme mucho si digo que en algún instante empezó a preguntarse para qué servía ir al cole o al insti. Es más, quizá se lo siga preguntando bien entrado en la vida adulta, tras advertir que tal vez el mundo gire a su aire, independientemente de lo que usted crea haber aprendido en su periplo escolar. Es probable que haya descubierto realidades horribles que en el confort de la infancia parecían no existir ni en el peor de los cuentos. Pese a todo, espero que confíe en que muchas cosas pueden ser mejorables y para usted va dirigido este utópico relato.


'Nueva Armonía' (F. Bate, 1838): Una comunidad en la visión del socialismo utópico de R. Owen


Quizá no sea tan utópico. Dice así:

En un aula muy lejana, en un tiempo recóndito se encontraron el corazón y la palabra. La palabra, que era muy evidente, le inquirió al corazón:

—Me fascina tu latir, pero ¿no te aburres?

El corazón, henchido de adrenalina, contestó fastuoso:

—Jamás. Es mi sino. Las emociones me alimentan de orgullo, alegría... Mi alma es el amor y sólo albergo sentimientos de paz, cariño, pasión...

La palabra, más dicharachera, no podía permitir tamaña verborrea. Le interrumpió y se fue —¡menudo es el genio de la palabra!—. El corazón, confundido, comenzó a sentirse extraño: «¿Qué me pasa? ¿Tendré un sentimiento nuevo?».

La palabra comenzó a mirarlo desde su pupitre poniendo acento en sus ojos y espacio en el contexto. El corazón, siempre solo, por fin caía en la cuenta de su aislamiento. No acertaba a identificarlo y no se atrevía a llamarlo sentimiento.

Cuando la señora Mente pasó al aula, vio algo insólito: el corazón arrítmico. Entonces le preguntó:

—Hola, corazón. ¿Qué tal las vacaciones?

—Bien,
profe, todo muy bien —contestó aún angustiado el corazón.

—¿Te alegras de venir a clase? —continuó curiosa Mente.

—Esto... sí, sí, claro, estoy contento de conocer el
cole, es un placer conocerla, señorita —contestó de nuevo, cada vez más colorado.

Doña Mente saludó a la palabra y esta vez les preguntó a los dos:

—¿Dónde están los demás?

La palabra, con desparpajo, contestó:

—¡Oh!, posiblemente lleguen más tarde. Siendo hoy el primer día, es comprensible que muchos se hayan retrasado o que incluso no hayan reparado en que hoy comenzaba el
cole. Que, por otra parte...

—Sí, sí. Te entiendo, palabra. Puede que tengas razón, que es algo que veremos más adelante, lo de la razón digo... Bueno, que es posible lo que comentas. Así que, ¿qué os parece si nos presentamos?

Expresado este pensamiento, la señora Mente tomó una silla y se sentó entre ambos. Pronto se animó la palabra:

—Yo soy la palabra y me encanta dirigirme a todo el mundo. Mis padres, el texto y la frase, me quieren mucho porque dicen grandes cosas de mí. Aunque soy una niña, ya sé que la escuela es una expresión más afortunada que el
cole. Mi abuelo, el metalenguaje, siempre dice que no debemos juzgar a los vocablos sólo por lo que son, sino también por lo que significan. Vivo entre dos casas: la de los objetos y la de los conceptos, pero mis padres dicen que el verdadero lugar de uno está en todas partes porque no se debe leer entre líneas...

La maestra, boquiabierta, no dejaba de escucharla mientras pensaba para sí: «¡Portento de niña!». Una vez hubo acabado, cedió el turno (de palabra) al corazón. Mas, éste, lleno de congoja, apenas latía a cincuenta pulsaciones, una lividez le había inundado por todo el cuerpo y apenas se atrevió a musitar:

—Yo, yo...

—¿Sí, corazón?

—Yo, yo

Hasta que empezó a latir muy deprisa. Dominado por la taquicardia, empezó a sollozar:

—No sé, no sé qué me pasa. Ya no estoy contento y necesito que me hablen, que me mimen... ¡No quiero estar solo!

La maestra acudió a abrazarlo. Le acariciaba los capilares tratando de tranquilizarlo:

—Calma, calma, no estás solo, nos tienes aquí. Ya verás, vamos aprender que no estamos solos, que los demás nos quieren, que entre todos haremos un mundo mejor, y conocerás que los sentimientos viajan como el viento...

Al escuchar esto, el corazón miró a la maestra y susurró:

—¿Es verdad?

—Claro, los sentimientos están en ti, pero son muchos y variados. Y, aunque no sepas poner nombres a todos, comprenderás que a veces basta con sentirlos. Pero no te preocupes; hoy es el primer día.

El corazón se calmó.

Ese día siguieron conversando de muchas cosas: de anatomía, de psicología, de matemáticas, de ética, de política, de química, de la amistad, de los compañeros... Contenidos que irían trabajando durante todo el curso.

Un curso que aún no ha acabado.




BONUS: "Yupi y su mundo"


28 de febrero de 2016

Pero la LOMCE es injusta


Cualquier cambio legislativo, normativo en general, provoca inestabilidad tanto a los ciudadanos, como a quienes sirven a los ciudadanos siguiendo las directrices en todo momento.

A. van Ostade: "El maestro de escuela"

La promulgación de la LOE1 supuso de nuevo un gran cisma en el sistema educativo, como sucedió con leyes anteriores. Pero la reforma del Código Penal también lo supuso para los profesionales y aun los estudiantes de Derecho. Como empezamos diciendo, en ambos casos el problema no sólo está en la incertidumbre de quienes nos formamos o nos dedicamos a una actividad profesional u otra, sino más bien en todas los usuarios de los servicios públicos afectados por estas normas de Educación y Justicia. De manera que convendría que los docentes contáramos hasta diez antes de patalear, puesto que no somos el ombligo del sistema educativo… Lo somos pero con el resto de ciudadanos a quienes servimos, y para quienes, por supuesto, también son las leyes que solemos denostar por sistema. Refiriéndonos, por ejemplo, a la LOE, no creemos que fuera ésta, ni sus precedentes, las responsables de todos los males que aquejan a nuestro alumnado. Al menos no en exclusiva, como quieren señalar los promotores de la LOMCE.

Las leyes, las normas legales en general, nunca son anteriores a las costumbres; siempre van a remolque. Las cámaras legislativas proponen normas que mejoren el funcionamiento del Estado, pero, para ello, antes han debido constatar cuáles son las necesidades de mejora. Ésta es la teoría. La práctica es otra: en demasiadas ocasiones las necesidades de mejora son el caballo de batalla desde múltiples ideologías, cuando no de diversos intereses más o menos oscuros. Porque se habría de legislar para todos y, si no, al menos, para la mayoría (o las mayorías; las minorías suelen tener las de perder).

Pues bien, la ley de educación también ha sido (y es) uno de esos caballos de batalla. Sin embargo, no es la LOMCE una ley que haya surgido propiamente de necesidades de mejora, sino sobre todo como contraposición a una ley emanada de una ideología diferente (dicho esto sin entrar en consideraciones de conveniencia o intereses, que los hay), la LOE. Que, a su vez, supuso una ruptura con la LOCE2. La cual, a su vez, fue ideada con la excusa de paliar las carencias generadas por el desarrollo de otra ley anterior, la LOGSE, curiosamente de distinta ideología. Por lo cual, muchos detractores de la LOE, apenas arrancó hace unos años, la tildaron como una continuación o extensión, cuando no un calco, de la maltraída LOGSE.

Cuando hemos aseverado que las leyes educativas no son responsables en exclusiva de los problemas de los alumnos, nos ha faltado por señalar otros factores, entre los que –a nuestro juicio– cabría reseñar los siguientes:
  • En los últimos veinticinco años se han producido cambios sociales que afectan significativamente al modelo educativo tradicional heredado de la familia.
  • Se ha ampliado la tipología de familia:
    • Incremento del número de familias monoparentales
    • Incremento del número de adopciones y acogimientos
    • Etc.
  • Se han modificado algunas de sus relaciones:
    • Internas:
      • La madre ha ido cediendo tímidamente protagonismo al padre en la crianza de los hijos
      • Han cobrado importancia los papeles educativos de otros familiares, especialmente los de los abuelos
    • Externas:
      • La madre ha delegado decididamente muchas de las tareas educativas a agentes externos como la escuela, debido a que, en muchos casos, el padre se ha lavado las manos
      • Cada vez se ha recurrido con mayor frecuencia a guías o ayudas externas, desde instituciones no escolares como servicios sociales, sanitarios o psicológicos
  • Estos cambios sociales están interrelacionados con una profunda reestructuración de nuestro sistema económico:
  • Vuelco en el sistema productivo; que se manifiesta en la progresiva hegemonía del sector terciario:
    • Lo que ha dado mayor cancha a la inserción laboral de la mujer
    • Se han modificado las expectativas laborales de los futuros trabajadores y, en consecuencia, se han cambiado muchos valores de y hacia el trabajo (disponibilidad para cambiar de residencia, aumento de la temporalidad laboral...)
    • Etc.
  • Envejecimiento de la población:
    • Creación de nuevas necesidades y, por tanto de nuevos productos, sobre todo los relacionados con el ocio y la imagen personal
    • Retraso en la edad de emancipación, de paternidad...
    • Cambio de valores: auge de un epicureísmo mal entendido, sobre todo
  • Tendencia a la formación-especialización
  • Etc.
  • España se ha acabado de integrar en el marco de los países desarrollados, sobre todo a partir de su ingreso en la CEE (UE)
  • La toma de decisiones está vinculada a otras instituciones diferentes a las del Estado Español: Unión Europea, OCDE, empresas multinacionales...
  • Descentralización del Estado, concreciones legislativas para cada Comunidad Autónoma.

Es decir, desde nuestra óptica, resulta estéril establecer el debate educativo exclusivamente en el texto de una Ley, sin tener en cuenta que la educación compete a toda la sociedad y depende de cómo se desarrolla esa sociedad. Y, por tanto, más allá de ideologías —que siempre pesarán—, es necesario pactar leyes acordes al momento social e histórico que vivimos y que queremos vivir. Los promotores de la LOMCE han rehuido a los pactos.

Por poner unos ejemplos: de nada sirve declarar la intención de atender a la diversidad si no se prevén ni se provee de recursos (humanos, técnicos, formativos, de materiales...) suficientes para llevarse a cabo, pero, sobre todo, si no se cuenta con alguna motivación para las familias, de forma que éstas se impliquen de forma clara en la educación de sus hijos. No es de extrañar que en alguna zona marginada de Madrid se den casos de chavales de catorce años de los que no se conoce ni dónde viven ni quiénes son sus tutores legales. Si antes no se actúa en la base de la persona, ¿cómo vamos a salvarle con la enseñanza aséptica de, por ejemplo, un sistema de ecuaciones lineales? Y la LOMCE insiste e insiste en la calidad como solución de problemas lineales, cuando la realidad es caótica.

La educación (la educación formal también) implica a más agentes que los estrictamente vinculados al ámbito académico: Administraciones, servicios sociales y, por supuesto, familias. Pero la LOMCE resta voto a las familias en los consejos escolares y es promulgada con todos los estamentos en contra.

Por tanto, la ley puede ser más o menos justa, pero una cosa parece clara: la ley no es un axioma para todo, nunca recoge toda la realidad. Porque la realidad es inabarcable, pero también porque la realidad es dinámica. Y, por esta segunda razón, es necesario adaptar las leyes a la sociedad, no al contrario. Quizá sea ése también uno de los motivos por los que se han producido tantos cambios legislativos de los que hablamos al comienzo de esta reflexión. Pero la LOMCE es el colmo del cambio legislativo con calzador.



1 Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación

2 Ley Orgánica 10/2002, de 23 de diciembre, de Calidad de la Educación