| Ratatouille |
Ya.
Necesitamos tiempo porque incluso con la dedicación suficiente nos pueden embaucar. Se acepta que la celeridad de la información rara vez aporta conocimiento, pero caemos una y otra vez. Datos, datos y datos, y alguna anécdota, y no tenemos tiempo para profundizar en todo. Además, si no hacemos la correspondiente pausa, no tenemos tiempo para profundizar en nada. Como si nuestras neuronas salieran de picnic. Que es la ocasión propicia para colarnos cualquier mensaje promocional, incluido este genérico: “NUNCA digas NO”.
“No digas que lo ignoras”, “no digas que no tienes el último cacharro tecnológico”, “no digas que no estuviste allí”...
Absortos, o, como dicen en psicología, paralizados ante el análisis de informaciones que nos llegan por todas partes y a la velocidad del rayo. Continuamente conectados, si no nosotros, cualquiera de nuestro alrededor: “¿No habéis oído la última del Gobierno?”, “¿habéis visto la nueva aplicación para encontrar las ferreterías más cercanas?”, “en el cole de mi hijo hacen un proyecto sobre la bomba de hidrógeno”... De todo eso has de saber, y debes ser presto cuando te interpelan, como un púgil ante un crochet, defendiéndote con un eficaz “ME SUENA” o un resultón “ALGO HE OÍDO”. Con serenidad y suficiencia, para evitar mayor profundidad, no vayan a insistir con una pregunta abierta, del tipo “¿Y tú cómo sofríes la cebolla?”.
Mejor no entrar en detalles. Simplemente, has de admitir que no lo sabes y, en caso de que te interese, preguntar sobre ello. Si no, pues nada, asume que estás caramelizado, como la cebolla o el vinagre de Módena, tan en boga al parecer.
Por cierto, no digas que no has leído este post.