11 de enero de 2015

Hi, I'm a rat

I think I was born not far from here, in this shitty world where you stacked us. Our parents quickly trained us to get by the only way they knew: “Manage by yourself”. Since we were a very hungry lot. I am one of those who survives finding life in the rubble, behind each blade of grass, scarce and full of weeds. Crawling, sniffing, guarding myself against your attacks, just because you see me different, just because you see me as a rat.


We beset death or she besets us until our outcry becomes mute. One, two… four hundred dead’s, two thousand injured. One day, another day, a whistle and its trail in the sky, like the crack of a whip, ripping the air before tearing our bodies apart and melting them in the stench that I am still breathing. Although we are used to it since we are born, the instinct makes me run away from the only environment from where I can breathe, from where I cannot flee. You never wanted to share the land and you keep tightening the noose. You want to exterminate us just because you see us as rats.
Our offspring don’t know anything better. Each generation takes a step back. The noose keeps tightening. We defend ourselves the best we can, the way you allow us.  We fall back, we dig the earth before your arrival, we slip in tunnels, absents from it all. Our eyes have adapted, we have developed the sense of smell extraordinarily and detect your hostile presence. And we react. Blandly. Rats cannot do anything against you.
You have dealt with us. So much that you even deny us from our identity. I doubt now who I am. You press us against the sea, like lemmings. Am I a lemming? You are mistaken if you think we will jump to the sea. Lemmings don’t suicide – it’s a myth – and, moreover, I am not a lemming, since, like you say, I am a rat.
And as a rat you want me dead.



*Convenience translation of this text 'Hola, soy una rata'
by my brother, Ángel Cuesta


4 de enero de 2015

"¿Por qué no somos cucarachas?"

Estábamos jugando con las palabras cuando apareció “cucaracha”. A mi hijo le hacía gracia su sonido y enseguida la asoció a la célebre canción en que este bicho ya no puede caminar. Momento en el cual se desternillaba como si hubiera encontrado un chiste a los cuatro años, su edad. Pero, de repente, paró de reírse y me preguntó: “Papi, ¿por qué no somos cucarachas?”.


Mi respuesta trató de ser cautelosa y poco categórica: “Porque tu mamá y tu papá no son cucarachas, hijo. ¿Te imaginas que nosotros fuéramos cucarachas?”. Admito que fue una respuesta con trampa, en tanto en cuanto incluía implícitamente parte de su pregunta. Sin embargo, surtió efecto: “Sí, me lo imagino: tendríais antenas, tendríais muchas patas y … Papá, ¿las cucarachas vuelan?”. Cuando digo que surtió efecto, me estoy refiriendo a que pude zafarme de una retahíla de porqués, pero no pude zafarme del cinturón de seguridad y comerme a besos a mi hijo hasta que dejamos la autovía.

Ya estaba preparándome para tirar de las vagas nociones sobre nuestra evolución homínida. Entre mi hijo y yo suele datarse desde la aparición del Autralophitecus, un simpático ser que “surgió hace millones de años, mucho después de la extinción de los dinosaurios”, y cuyo “esqueleto fósil” hemos podido contemplar en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (Madrid). Y no fue necesario volver a disfrutar del primer capítulo de la serie “Érase una vez... el hombre”.

A decir verdad, no deja de ser una narración. No es ciencia, pero es literatura basada en hechos científicos, que, al fin y al cabo, parece corresponderse más con la realidad que lo narrado por el Génesis, ¿no les parece? 

Podría haberle dicho que somos hombres, hechos a imagen y semejanza de un ser sobrenatural que llaman Dios, que dicen que nos puso en la Tierra. Después de haber puesto a las cucarachas y a otros animales. Pero prefiero que siga haciéndose preguntas hasta que algún día descubra que cucarachas y humanos tuvimos algún ancestro común (supongo que un ser unicelular). Quizá entonces se pregunte si ese ancestro sería a imagen y semejanza del tal Dios. O quizá trate de ir más allá y llegue al origen del Universo. No lo sé.

Además, tampoco somos para tanto los humanos: apenas llevamos unos cientos de miles de años por aquí, mientras que las cucarachas llevan millones de años. No creo que lo preguntara por eso.

Unos días después he averiguado que lo que le preocupaba es que la cucaracha no pueda caminar porque le faltan, porque no tiene, las dos patitas de atrás.


31 de diciembre de 2014

Syriza, o como se diga

Se prevén cambios de gobierno en Grecia. Parece que a la UE no le hace mucha gracia, pero la exhausta población griega quiere reaccionar.



Año nuevo, gobiernos nuevos.

¡Feliz Año Nuevo!


12 de diciembre de 2014

Educación, manos a la obra

Mi amiga Marisol –porque me gusta hablar de educación con mucha gente– siempre me dice que no puedo pretender que los padres cumplan a rajatabla los compromisos de rutinas, de autonomía o de lo que sea con sus hijos. Añade que hoy en día todos vamos con prisas a todos lados y que no se puede. Le replico que entonces los padres no deberían aspirar a conseguir lo que no se preocupan por conseguir. Sin ir más lejos: ¿Cómo pueden pretender que su hijo mantenga la atención para resolver un encajable si apenas juegan con él? –por no hablar de comer solos con la cuchara, ponerse solos los zapatos, etc.–. Mi amiga entonces resuelve: “Es que es muy fácil echarle la culpa a los padres, pero el buen profesor debe saber motivar a cualquier niño”. Pero, yo, que soy un puñetero, le contesto: “Sí, claro. Si tengo una clase de veinte skins en 4º de ESO, a ver cómo les motivo para que acepten a su compañero negro. Como no me echen una manita los padres..., que deberían haberlo hecho antes. Marisol, que no soy Gandhi”.


¿Educar? ¿Hacia dónde? Las grandes palabras nos dirigen hacia grandes fines. Pero, ¡ay!, ¿con qué? Trataré de ilustrarlo:

Pretendo llevar a unos amigos a casa, donde organizo una fiesta. Hay quien vive en Almería; los hay que vendrían de Vizcaya; otros, de La Coruña, y la mayoría, de Madrid. Como la fiesta es en Guadalajara, los de Madrid lo tienen fácil: quienes quepan en un solo coche, se acoplarán en él; los que no, podrán hacerlo en tren o en autobús. Como soy muy desprendido y los quiero mucho, les prometí que yo costearía el transporte de todos. Hablé demasiado rápido, porque cuando reparé en los gastos y en mis fondos, me di cuenta de que no tendría para todos, ya que los trayectos desde Almería, Vizcaya y La Coruña son demasiado costosos, debido a que supuse que todos mis invitados de allí vendrían en autobús, ya que ninguno tiene coche. Pero resulta que unos necesitan venir en tren por fobia al autobús y otros necesitan el avión para venir a tiempo después de cumplir con sus obligaciones. “Está bien”, me digo, “les propondré diversas soluciones”. La primera opción es que entre todos pongamos un bote para paliar lo que me falta. La segunda opción es que retrasemos el evento para más adelante, hasta que tenga dinero suficiente, en virtud del nuevo trabajo que tendré. La tercera opción es la de costear todos los viajes a condición de que cada uno traiga algo para la fiesta: comida, vino, música, etc... No se me ocurren más opciones. Me gasto un dineral en teléfono y al final hay fiesta, pero no como esperábamos.

Bien, esta parábola podría aportar un modelo de Estado organizador. De similar forma podría haber supuesto una situación en que la decisión original de la fiesta hubiera partido de, si no de todos, una buena muestra de los amigos. En ese caso, hallaríamos los intereses de unos encontrados con los de otros y puede que, con sinergia, diéramos con la mejor manera de organizar la fiesta.

Con estos dos ejemplos quiero reseñar lo acontecido en poco más de cinco mil años de educación: quizá hayan pasado diferentes visiones amables de la educación y de la infancia, sobre todo en los dos últimos siglos, pero, incluso en Occidente, parece que la puesta en práctica de tales ideas es costosa, o, cuando menos, dificultosa.

Cuando iniciaba mis estudios, con la Ley del 701 en marcha, tuve la suerte de percibir “buen rollo” entre lo que me sugerían y veía en casa con lo que me sugerían y veía en el colegio. Como si la complicidad de mis padres entre sí se prolongara a mis profesores. Eran otros tiempos, pero también había dificultades. Había masificación de alumnos (más de treinta por aula), los materiales didácticos eran escasos, la cultura académica de las familias era menor y todavía primaba el criterio docente del maestro sobre el de los progenitores, por citar unos ejemplos. Hoy en día los centros gozan de mayor autonomía, en ellos las familias tienen más foros de participación, estas, a su vez, cuentan con mayor bagaje cultural y las ratios tratan de garantizar una enseñanza más personalizada. Mi visión ahora es parcial, rozando el corporativismo y la nostalgia, por lo que no entraré en comparaciones cuantitativas de mejor ni peor. Quiero significar que la Educación muta, como cambia la sociedad, todo cambia (ni siquiera el tiempo es absoluto). Puede ser que el cambio de una no lleve asociado el cambio de la otra, pero, de alguna manera, como si de un organismo vivo se tratara, si enferma, trata de sanarse, y, si muere, es natural (hasta ahora) que nazca otro, otra sociedad con otra Educación. Invoco una célebre frase de José Luis Sampedro: “no es que otro Mundo sea posible, sino que otro Mundo es seguro”. Ahora bien, tenemos dos opciones, y solo dos: o nos dejamos llevar, a ver qué nos depara; o ponemos voluntad y medios para tratar de dirigir nuestro presente al mejor de los futuros.

Actualmente nos encontramos (todavía) con un panorama de desencuentros: Ley de Educación de una forma o de otra, la culpa es de las familias, la culpa es de los inmigrantes, los profesores también se llevan lo suyo, etcétera. Doctores tiene la Iglesia, pero la Educación también. Y, en este sentido, algo se está removiendo desde hace años: análisis etiológicos, diagnósticos, muestras piloto... Parece que hay preocupación por la Educación, como si se diera la motivación que en su día promovió el movimiento de la Escuela Nueva. Pero falta dar el paso activo, nuevo, el de poner en funcionamiento algo. Quizá sepamos qué queremos y, sobre todo, para qué lo queremos, pero no basta con las palabras.

Unas palabras que chocan con costumbres cotidianas, con necesidades de ahora: ¿Cómo vamos a pedirle a una madre que reduzca su jornada, a expensas de su promoción laboral? La noble tarea de educar, reservada a la madre que ya no está porque debe compaginar o conciliar, además del sueño, su vida familiar y laboral. ¿Y el padre? ¿Qué madre?, ¿qué padre? ¿En qué modelo de familia nos apoyamos? ¿Es necesaria la familia? ¿Cuál es la familia ideal? ¿Debemos renunciar a la máquina del progreso? ¿Alguien podría parar el andamiaje de producción de Taylor? Posiblemente Ford no imaginó que la producción de su modelo “T” daría tantos quebraderos de cabeza a las ciudades y a quienes las padecen. ¿Civilización? A lo mejor hemos de permanecer en un sistema cerrado, en una aparente clase media que nos mantiene alejados de los otros dos tercios de la población mundial. A lo mejor nuestra sociedad es eso, nuestra... y que no nos la cambien. Que cada cual mire para sí. ¿Y los niños? Esos pequeños seres que crecen y acaban siendo como nosotros.

Solo palabras, pero seguimos sin materializar un pacto de Educación en España.
Si queremos una sociedad mejor, hemos de prepararla. Aunque solo sea por eso: Educación, manos a la obra.



1 Ley 14/1970, de 4 de agosto, General de Educación y Financiamiento de la Reforma Educativa (LGE)