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23 de septiembre de 2015

Pontificar no es de sabios


Si nadie posee la verdad absoluta, parece irrelevante abominar de cualquier idea, por disparatada que sea. Pero existen límites. Uno de ellos es la vida de una persona (o colectivo de personas): no es lícito exponer su vida a las diarreas mentales de un gurú antivacunas, por ejemplo. Y otro límite es la salud (tómese definición OMS): tampoco es lícito someter a una sociedad privándola del acceso al conocimiento y vendiéndole monsergas (sean políticas, comerciales o religiosas). El problema es que el conocimiento no llega a todas partes ni llega por igual.




5 de diciembre de 2014

Punto de ficción

¿Y si fuera verdad que al menos conociéramos una gota en el océano, como sentenció Newton? A veces los problemas cercanos resultan tan inhóspitos como los confines del Universo. Y eso, en suma, es lo que querría mostraros con ciencia ficción baratilla, sin muchos efectos especiales.



Los hechos, personajes y circunstancias de esta historia apenas levantan un átomo del suelo, ya que son totalmente inventados. Así que podéis ir tranquilos, que dudo de que estas cosas pasen realmente.

Ocho de la tarde: Un tarro de judías verdes acaba de caer en la terraza del tercero. Alguien abre las puertas del salón y observa el suceso. “Mamá, se ha roto un bote”. Mamá  se acerca y constata el estropicio. “No salgáis, que os podéis cortar con los cristales”, advierte a sus hijos. Innecesariamente, pues andan absortos con la tele y afuera hace un frío del demonio. La madre recoge los trozos esparcidos de vidrio y las judías del tío Antonio que guardaron hace unos meses en conserva. A la basura. “¡Qué lástima!”, se dice. Pasa la fregona y aquí no ha pasado nada. “Espero que no haya goteado a la vecina del segundo”.

Nueve de la noche: Imelda abre la puerta del segundo B. Deja las llaves donde suele dejarlas, cierra la puerta y se descalza. “¡Hola! ¿Hay alguien en casa?”. Silencio. “Venga, un poco de música”. 'Walk on the wild side' empieza a arrullar a las sillas, a la lámpara y a cuantos objetos pueblan el salón de Imelda, que se deja caer en el Roche Bobois en capitoné. Se recuesta y los párpados se cierran tras un día para olvidar. Llamadas, tuits, correos electrónicos... van mezclándose hasta desaparecer en la voz áspera de Lou Reed.

“Cariño”, le susurra retirándole el pelo de la oreja. Imelda se remueve en el sofá y vagamente abre los ojos. “Me quedé dormida”. La sonríe con un beso en la mejilla.

La noche cayó en el silencio de la calle, con apenas algún runrún. En la cena Miguel le contaba ufano de qué iba su nuevo artículo: “Nada escapa a la ciencia, cariño. Tarde o temprano la humanidad irá descubriendo un mundo más amable porque lo iremos conociendo mejor. Podremos explicar lo que ahora es inexplicable y sobre eso fundamentaremos las herramientas que nos hagan vivir en mejores condiciones”. Ella le miraba con paciencia; era el discurso de siempre, triunfalista, pero no sobre la ciencia, sino sobre él. “¡No se puede ser más ególatra”, se decía, mientras Miguel sonaba de fondo, “¡como la puta radiación de fondo!”, habría pensado ella.


Tras la cena, Miguel se dispone a preparar dos poleos. Como de costumbre, Imelda se queja de que está hirviendo; quiere tomárselo cuanto antes, que el sueño la puede. Una noche más, Miguel deja la taza de Imelda en la terraza, sin la bolsita de la infusión, como a ella le gusta. Pero no repara en la taza que ayer no se tomó Imelda, junto a los mustios geranios. “No sé qué mosca le pica últimamente”, piensa Miguel. La tele les mantiene unidos media hora más. Miguel trata de agradarla y se dirige a la terraza para recogerle la taza. Ahora sí, se percata de que hay dos tazas: una de ellas tiene el agua helada, la otra, no del todo. Piensa. Coge las dos, deja en la pila la taza con el agua congelada, mete la otra en el microondas, esta vez veinticinco segundos. La saca e introduce la bolsita de poleo. Se la lleva a Imelda, quien, por fin, logra dedicarle una sonrisa. Será la última.

Son las tres de la madrugada en la comisaría central cuando Miguel presta declaración. La inspectora Antúnez le ofrece otro café. Miguel lo rechaza en silencio. “Bien, cuénteme de nuevo: usted vio dos tazas y supuso que una de ellas estuvo en la terraza desde la noche anterior, porque sospecha que Imelda no llegó a tomársela. De acuerdo. Pero, dígame, ¿por qué eligió la que apenas tenía hielo?”. Miguel baja la cabeza, la hunde entre sus manos y al fin contesta: “Obviamente, pensé que acababa de dejar la que aún no se había congelado, puesto que no le habría dado tiempo a congelarse. Soy biólogo, ¿sabe?”. La inspectora esperaba esa respuesta. Prosiguió: “Claro, la ley de enfriamiento de Newton, ¿verdad?”.

Miguel se pregunta por qué no ha seguido la suerte de Imelda. Cenaron la misma sopa,  la misma lubina al horno. Bebieron la misma agua, ambos tomaron poleo. Algo se le escapa. Y a la inspectora también. Pero todo apunta a un envenenamiento por toxina botulínica.

La inspectora le despierta del ensimismamiento. “Sí, sí, también me lo pregunto”, se dice. “Discúlpeme, es que no...”. La inspectora asiente: “Sí, lo comprendo”, y continúa: “Tengo que informarle del resultado de unas muestras halladas en la barandilla de su terraza”. El viudo la mira expectante. “Al principio nos pareció simplemente hielo, pero a uno de los agentes le sorprendió la disposición: localizada junto a unos geranios, secos, con unas gotas dispuestas en un cerco, como si se hubiera derramado el contenido de un vaso. Pero no fue de un vaso, sino de una taza, la que probablemente se llevó a la boca su difunta esposa”. Miguel la observa como quien observa a un mago. “Bien, ¿sabe qué hemos encontrado en esa agua?”. Miguel está a punto de desmayarse. “Sí, lo sabe: Clostridium botulinum”. 

Hubieron de esperar al día siguiente para seguir la pista del agua contaminada que les llevaría al piso donde se derramó el tarro de judías verdes. Se confirmaría así el origen del agente tóxico. Sin embargo, en aquel gélido trece de diciembre, sumida Madrid en plena ola de frío polar, con temperaturas mínimas de doce bajo cero, un varón de treinta y seis años, doctor en bioquímica, sale del Anatómico Forense con las manos en los bolsillos, cabizbajo y preguntándose por el sentido de su vida.

Sorprendente, pensaréis. Paradójico, más bien. El sentido común o la intuición le llevó a elegir la taza con agua menos congelada, pues sospecho que no prestó atención a la ley de enfriamiento de Newton, como sugirió triunfante la inspectora. Pero da lo mismo, y eso ahora ya lo saben ambos: en determinadas situaciones, el agua más caliente se congela antes que el agua más fría, fenómeno que se conoce como el efecto Mpemba.


Erasto Mpemba (The Times)
Quizá sí sea sorprendente que hasta hace poco no existiera una explicación definitiva para este fenómeno físico tan cercano. Pero, amigos, estas cosas pasan realmente.


31 de julio de 2014

Un solo protón


Se encuentran por la Red páginas sobre esoterismo y magias varias. Al igual que páginas de remedios universales con tradición milenaria. Son estos y muchos otros cuentos de hadas los que soportan eso que llaman movimiento de la nueva era. Uno hace esfuerzos por no sonrojarse, pero cuesta. En cierta ocasión le pregunté a alguien por qué escribía con diéresis1 la palabra “antiguos” (¡”antigüos”!) y su respuesta fue automática: “¡Ah!, porque siempre lo he escrito así”. ¡Y es que hay cada elemento!


(Advertencia a los nuevos lectores de este blog:
ruego me disculpen si en algún pasaje
encuentran el tono excesivamente socarrón;
me parece el más indicado para denunciar magufadas)

Como los griegos establecieron que había cuatro elementos, y de eso hace muchos años, ¿por qué no seguir con esa idea? Si se lo cuentas a un niño de unos cuatro años, se lo cree: “Claro: el agua para mezclar todo, porque todo está hecho de tierra, que, si se calienta con fuego, se puede quedar duro, y lo que sobra... pues será aire”, replica mientras hace volar su avión de juguete por “lo que sobra”. Hemos de admitir que no interpretar el modelo de los cuatro elementos como una alegoría supondría caer en la falacia del historiador, pero interpretarlo hoy en día como un modelo explicativo de la naturaleza sería totalmente erróneo. Téngase en cuenta, además, que la palabra “elemento” procede del latino “elementum”2, posterior al griego clásico hablado por Tales de Mileto. Quien parece que fue el precursor de tales -no podía evitarlo- interpretaciones al suponer que el principio de todas las cosas (arché) era el agua3.

Pero hete aquí que llega Cavendish en 1781 y consigue producir agua a partir de otras dos sustancias (hidrógeno y oxígeno, bautizados ambos unos años más tarde por Lavoisier, aunque el hidrógeno ya fue identificado como sustancia discreta por Cavendish en 1766). ¿Qué pasa? os preguntaréis ¿qué el agua deja de ser uno de los cuatro elementos? Pues no; el agua sigue siendo uno de esos cuatro elementos “de toda la vida”. Como la astrología, los chacras, el tarot y los alienígenas que nos obsequiaron con las pirámides de Egipto (miles de páginas en Internet). Sí, amigos, erraréis si os creéis esa milonga de que la molécula de hidrógeno es un compuesto de dos átomos de hidrógeno, el elemento químico más “pequeño” conocido, y acaso el más abundante en el Universo –conocido–. Como se equivocó Julio Verne, pero, claro, es ciencia-ficción:Sí, amigos míos, creo que el agua se usará un día como combustible, que el hidrógeno y el oxígeno que la constituyen, utilizados aislada y simultáneamente, producirán una fuente de calor y de luz inagotable y de una intensidad mucho mayor que la de la hulla4.

Pero, en realidad, este post no persigue convenceros de nada. No es este humilde servidor –no estoy hablando de hosting quien habla de oscurantismo. Ahí tenéis a los astrofísicos de la NASA que sospechan que el Universo es oscuro5 en un 95 %.
Increíble, ¿verdad? Podéis creer e incluso soñar con lo que queráis, que los sueños, sueños son. Pues, como escribió Shakespeare (unos años antes que Calderón): “Somos de la misma sustancia que los sueños, y nuestra breve vida culmina en un dormir6. Frase que, al parecer, transformó John Huston sobre la novela de Dashiell Hammett para redondear el final de El Halcón Maltés: Le preguntan al detective privado Sam Spade (Bogart) de qué es el halcón y este responde: “Del material con que se forjan los sueños”.

Esa figurita de incalculable valor estaba hecha de oro. Pero, como sabéis, no es oro todo lo que reluce: “(...) que unos son de oro, otros de alquimia (...)7, le dice don Quijote a su sobrina para prevenirla de los que no son verdaderos caballeros. Y probablemente, aunque confiéis a ciegas en los designios de las doce (o trece) constelaciones zodiacales, sí que habréis supuesto que hay muchas más estrellas en el Universo. Y que lucen y relucen, sin ser oro. Bien, pues allá vosotros si creéis que están compuestas básicamente de dos elementos mucho más ligeros como son el hidrógeno y el helio. ¡Cómo se puede afirmar siquiera que el hidrógeno constituye aproximadamente el 74 % de la masa bariónica8 del Universo? Cabe la posibilidad de que sea un complot iniciado precisamente por Cavendish: primero descubre el hidrógeno y luego urde un plan para calcular la densidad de nuestro planeta9, ¡cómo si eso fuera posible! El resto ya lo sabéis: ¡Hala, a pesar las estrellas y otros objetos siderales!10.

Mas lo que nos había traído hasta aquí no era conocer cuánto pesan los astros, aunque esté relacionado, sino conocer de qué materia (bariónica, recordad) está hecho el Universo. Si aún no habéis desechado la idea de los cuatro elementos de la Antigüedad, sabed que no era la única doctrina acerca de la composición de la physis (Naturaleza): Primero Leucipo, luego Demócrito y después Epicuro, fundamentalmente, sostuvieron que la materia estaba compuesta por átomos (“sin partes”, indivisibles, los objetos más pequeños). Nos podía haber dado por tomar ese camino, ¿verdad? Ya, pero ese camino, aunque igual de especulativo, no estaba tan en boga cuando el helenismo que precedió a Alejandro Magno entró en contacto con las religiones orientales y egipcias. Especialmente esta última. Así, en la dinastía ptolemaica es dotado de nuevas ínfulas esotéricas, a partir de la mezcla de diversas sustancias para ceremoniales religiosos (que ya se venía haciendo desde la época de Keops según algunos historiadores).

Quiero hacer un paréntesis importante porque acabamos de llegar a la piedra angular del post. Acabo de referirme al carácter esotérico que se va añadiendo al modelo aristotélico de los cuatro elementos. Bien, os presento otra palabra: “hermetismo”. ¿Asociáis alguna idea entre ambas? Fijaos a continuación en las siguientes definiciones11 que da el diccionario de la Real Academia (http://www.rae.es/):

hermetismo.
esotérico, ca.
(De Hermes Trimegisto, nombre griego del dios egipcio Tot, al que la tradición griega acabó atribuyendo conocimientos esotéricos sobre magia, alquimia y astrología).
(Del gr. ἐσωτερικός).
(έσώτερος [AFI /e'so:teros/]: «dentro, desde dentro, interior, íntimo»; unido al sufijo «–ismo»)
1. m. Cualidad de hermético (‖ impenetrable, cerrado).
1. adj. Oculto, reservado.
2. m. Doctrina filosófico-religiosa basada en los escritos atribuidos a Hermes Trimegisto, sobre conocimientos esotéricos y de alquimia.
2. adj. Dicho de una cosa: Que es impenetrable o de difícil acceso para la mente.
3. adj. Se dice de la doctrina que los filósofos de la Antigüedad no comunicaban sino a corto número de sus discípulos.
4. adj. Dicho de una doctrina: Que se transmite oralmente a los iniciados.

Sobre la superación de este tratamiento hermético o esotérico iré refiriéndome a partir de ahora. Pero confío en que ya habréis ido sacando alguna conclusión. Sigamos.

La dominación romana en los albores de nuestra Era sigue bebiendo de la tradición helena e incluso de sus últimas incorporaciones místicas orientales y egipcias. Pero lo que realmente marca el devenir del pensamiento desde entonces es la irrupción del cristianismo. En un esfuerzo por racionalizar la fe, los padres de la Iglesia recurren sobre todo a las ideas de Platón. Los presupuestos de otras escuelas filosóficas no serán santificados con igual fervor, incluida la aristotélica (o peripatética), y, en la mayoría de los casos, serán relegadas al paganismo. La tradición alquímica emigrará dentro del paquete peripatético hasta Persia, donde, con el nacimiento del Islam, seguirá su transmisión de manera secreta entre los intelectuales de la época. Y, de nuevo, con la expansión Omeya, regresará al continente europeo siglos más tarde para quedarse. El aristotelismo resurge en el medievo europeo de la mano de la Escolástica (Tomás de Aquino) y sentará su doctrina sobre la concepción del universo. Hasta el Renacimiento.

En esa dorada época de resurgimiento intelectual, impulsada con el perfeccionamiento de la imprenta por Gütemberg, la cultura reivindica a sus clásicos y busca nuevas interpretaciones a los textos que habían permanecido ocultos en monasterios. La Biblia incluso, hasta el punto de reivindicar una interpretación por parte de cada creyente, es traducida al alemán por Lutero. Fijaos hasta qué punto se trata de vencer el poder tradicional de las élites religiosas a lo largo de la Historia. Pero se siguen otros caminos, que no necesariamente implican una lucha contra el poder establecido, sino, “simplemente”, una búsqueda de explicaciones satisfactorias sobre la complejidad del mundo. La Física de Aristóteles no explica las nuevas observaciones de los astros celestes tan bien como la nueva física mecanicista y nuestro mundo dejará de ser el centro del Universo.

Mientras la alquimia mantiene su camino hermético, una de las magnas obras clásicas es rescatada de la reclusión monástica en forma de magnífico incunable (1473): De Rerum Natura (“De la Naturaleza de la cosas”), de Lucrecio (99 - 55 a. e. c.). Este autor, gran seguidor de Epicuro, compone un poema de gran valor literario y didáctico para que el hombre afronte una realidad en un universo sin dioses y así también intentar liberarlo de su temor a la muerte. Para lo cual propone la observación y el conocimiento:

¡Somos la diversión de unos terrores
Tan frívolos y vanos! Desterremos
Estas tinieblas y estos sobresaltos,
No con los rayos de la luz del día,
Sino pensando en la naturaleza”.12

Pero, como fiel reflejo de la doctrina epicúrea, en De rerum natura también se expone claramente la concepción de un universo constituido por átomos:

La extremidad de un átomo es un punto
Tan pequeño, que escapa a los sentidos;
Debe sin duda carecer de partes:
Él es el más pequeño de los cuerpos,
Ni estuvo ni estará jamás aislado;
Es una parte extrema, que juntado
Con otras y otras partes semejantes,
Forman así del átomo la esencia”.13

Esta obra sirve de inspiración a filósofos de la época y a los primeros científicos de la nueva ciencia (y hasta nuestros días), especialmente a empiristas como Francis Bacon, quien tuvo como principal “apoyo” (mutuo) a Robert Boyle (1627-1691). Este, considerado por algunos el fundador de la Química14 moderna (como ciencia), no se acoge sin más a la doctrina atómica. Aunque es el primero en referirse a los “elementos”, tampoco tiene a bien aceptar sin más la tétrada elemental de agua, aire, fuego y tierra. Boyle, denostado por el racionalismo europeo de la época (Leibniz, Spinoza...), fue sobre todo un experimentador nato, al que no le importaba tanto el descubrimiento de leyes universales (aplicando la matemática) como la exploración de fenómenos:

(...) el proceder más seguro consiste en aprender mediante experimentos particulares de qué partes heterogéneas constan los cuerpos particulares, y por qué medios, sea el fuego actual o potencial, se pueden separar de la manera mejor y más conveniente, sin pugnar infructuosamente por forzar a los cuerpos a más elementos de aquéllos con que la naturaleza los conformó o sin despojar a los principios separados, dejándolos tan desnudos que, haciéndolos exquisitamente elementales, se tornen laboriosamente inútiles”.15

De manera documentada, fueron Paracelso (1493-1541) y después Boyle anteriores a Cavendish en producir hidrógeno, pero, como apunté, no fue otro sino Cavendish el primero en identificarlo como una sustancia discreta. Boyle aportó la descripción por pasos y la voluntad de difundir sus experimentos en un lenguaje común. Cavendish supo interpretar que era un nuevo gas, pero no supo explicar por qué reaccionando con otro gas producía agua. Tuvo que llegar Lavoisier (1783) para desterrar la teoría del flogisto y dar una explicación convincente de la producción del agua a partir de esos gases (hidrógeno y óxígeno). Y para ello tuvo que hacer mediciones precisas contando con todos los intervinientes en la reacción: Cuánto pesan los reactivos, cuánto pesan los productos, en virtud de una ley científica que, como no podía ser de otra forma, venía corroborada por la experimentación: “En una reacción química ordinaria la masa permanece constante, es decir, la masa consumida de los reactivos es igual a la masa obtenida de los productos”, dice la ley de la conservación de la masa de Lavoisier-Lomonósov (Este descubrió años antes (1745) que en una reacción química la materia se conserva, la masa inicial es igual a la masa resultante). Otro apunte necesario para este post (que se está alargando mucho) acerca de Lavoisier, fue el descubrimiento de que los elementos que participan en una reacción química, conservan cada uno de ellos su propia masa después de la reacción. Este hecho fue verificado por Dalton (1804) y sirvió para retomar definitivamente y para la ciencia que la materia está compuesta por átomos.

Ahora sí, la alquimia y los cuatro elementos de la Antigüedad pueden seguir en las bibliotecas privadas de aquellos que dicen tener el “secreto” y solo optan a compartirlo a cambio de la “voluntad”. Es decir, a cambio de someter la voluntad de miles de personas dispuestas a dejarse engañar a costa de enriquecer monetariamente a cualesquiera iluminados de la New Age.

Quizá os preguntaréis todavía el porqué del título de este post: “Un solo protón”. Si las sucesivas alusiones al hidrógeno no han sido suficientes, ahí van tres motivos que quizá sirvan para convenceros (pero solo del título):
  • Tradicionalmente uno de los sueños alquimistas era lograr la “transmutación” de metales: obtener oro a partir de otra sustancia, especialmente el plomo. Hasta el siglo XX no se ha sabido que es otro elemento casi tan denso y casi tan codiciado el que acaba siendo plomo: el uranio.
    Porque la transmutación de un elemento químico en otro obedece a un proceso físico, no químico; es decir, no es posible mediante reacciones químicas, en las que solo los electrones de las capas externas se intercambian; para cambiar de un elemento químico a otro hay que cambiar el número atómico; es decir, cambiar el número de protones. Hace falta al menos el cambio de UN SOLO PROTÓN.
  • Recurramos al más que discutible principio de la Navaja de Ockham: “En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta”. Y quedémonos con esa “igualdad de condiciones”. Lo cual nos obliga a clamar por esa igualdad, por abominar del secretismo, del oscurantismo en que permaneció el conocimiento durante miles de años.
  • De ahí que nos sirva como metáfora para acabar hablando del elemento químico más sencillo, el hidrógeno, con UN SOLO PROTÓN, y decir: “No siempre lo más simple encuentra su sitio y a veces acaba escapando”.
    ¿Por qué hacemos este juego literario? Porque siendo el elemento químico más presente en el Universo, el hidrógeno representa un porcentaje inapreciable en la masa terrestre. Vale, supongamos que representa un porcentaje apreciable en lo que llamamos biosfera (10 %), sigue siendo bastante alejado del total del universo (74 %). Su principal presencia es en el agua (formando parte del compuesto agua y también disuelto en ella), y, por ende, también está en la mayoría de los seres vivos. También se encuentra en todos los compuestos orgánicos y en muchos inorgánicos, como algunos ácidos. Y, desde luego, también está en la atmósfera, como molécula, H2. Pero, dadas la características de nuestra atmósfera, se produce la fotodisociación del agua (vapor) en sus elementos atómicos, oxígeno e hidrógeno. Y a partir de los 60 km el hidrógeno atómico16 que no es ionizado escapa de nuestro planeta. Es poco, sí, pero esta vez no es UN SOLO PROTÓN.

Porque, en resumidas cuentas, parece triste quedarnos con viejas concepciones erróneas, por antiquísimas que sean, cuando en realidad, nuestro Universo es mucho más antiguo... y más amplio que todos nosotros. ('Star Size Comparison')


¿Por qué seguimos aferrándonos a supercherías? No tenemos respuesta, es algo que, como el hidrógeno, se nos escapa.

Esta entrada participa en la XI Edición del Carnaval de Humanidades,
cuyo blog anfitrión es SCIENTIA

1 Nos referimos al signo ortográfico que, salvo en poesía y por razones de métrica, solo debe situarse sobre la letra “u” en las sílabas “gue”y “gui”, para indicar que dicha vocal debe pronunciarse. Fuente: RAE, Diccionario panhispánico de dudas http://lema.rae.es/dpd/?key=di%C3%A9resis

2 Se desconoce un origen seguro de la palabra “elementum”. Hay quienes sugieren su origen en el abecedario latino, partiendo de este orden “eLe”-”eMe”-”eNe”. Se puede ver una discusión curiosa en esta dirección https://depalabra.wordpress.com/2007/01/23/elemento/ . En ese post no se comenta, pero hay quienes lo simplifican arguyendo el sentido de “abecé” actual, según el DRAE: “Conjunto de rudimentos o principios de una disciplina o ciencia”.

3 Al que luego le fueron rectificando: Anaxímenes defendiendo que era el aire, Heráclito, el fuego y Jenófanes, la tierra. Empédocles, en un alarde de eclecticismo, prefirió quedarse con todos esos archai, y eso le gustó a Aristóteles, quien, saltándose sus principios empíricos una vez más, redondeó la faena añadiendo la quintaesencia, a la que llamó éter. Sustancia física jamás encontrada (véase experimento de Michelson y Morley), salvo, quizás, por quienes antes han inhalado la sustancia química llamada éter etílico o etoxietano.

4 Verne, Julio: La isla misteriosa, edición html en http://www.librosgratisweb.com/html/verne-julio/la-isla-misteriosa/index.htm p. 217 (II. Parte. Capítulo 11. De nuevo el invierno. Discusión sobre el combustible: Respuesta del ingeniero Ciro Smith (o Cyrus Harding) a la pregunta de sus compañeros, el periodista Gedeon Spillet y el marino Pencroff, sobre lo que ocurriría con el progreso industrial y comercial cuando en el futuro se agotara el carbón)

5 Fuente: NASA, en http://map.gsfc.nasa.gov/universe/uni_matter.html ('¿De qué está hecho el Universo?'): “La sonda espacial WMAP determinó que el universo es plano, de donde se deduce que la densidad media de energía en el universo es igual a la densidad crítica (dentro de un margen de 0,5% de error). Esto es equivalente a una densidad de masa de 9,9 x 10-30 g/cm3, que es equivalente a sólo 5,9 protones por metro cúbico. De esta densidad total, ahora (desde enero de 2013) conocemos las siguientes proporciones: 4,6% de átomos (…); 24% de materia oscura (…), y 71,4% de energía oscura (...)”.

6 Shakespeare, William: La tempestad. Edición pdf en http://www.mad-actions.com/docs/the%20tempest_esp.pdf P. 43 (Acto IV, esc 1: Pasaje en que Próspero, el legítimo Duque de Milán, trata de calmar a su hija Miranda y a su prometido, Fernando, hijo de su hermano Alonso, de quien se acaba de vengar con sus “poderes mágicos” por haberle usurpado el ducado).

7 Cervantes, Miguel de: Don Quijote de la Mancha (II parte). Edición html en http://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/edicion/parte2/cap06/default.htm CAPÍTULO VI (De lo que le pasó a don Quijote con su sobrina y con su ama, y es uno de los importantes capítulos de toda la historia).

8 “La materia bariónica es aquella en cuya masa predominan los bariones, la cual puede estar formada por átomos de todo tipo, y por tanto, ser casi cualquier tipo de materia. Su contrario es la materia no bariónica”, extraído de este enlace: http://es.wikipedia.org/wiki/Bari%C3%B3n#Materia_bari.C3.B3nica (véase el enlace de la cita #4)

9 Una proeza. Aquí podéis leer más: http://es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_la_balanza_de_torsi%C3%B3n#Error_com.C3.BAn “Después de convertir a unidades del Sistema Internacional c.g.s., el valor obtenido por Cavendish para la densidad de la Tierra es 5,45 g/cm3”. ¡Vaya! Pues va a ser que no solo es agua (cuya densidad es 1,00 g/cm3). A quienes sigáis creyendo en la ciencia os recomiendo la lectura del capítulo correspondiente en el libro de Lozano Leyva, Manuel: De Arquímedes a Einstein, Debate, 2005

10 Si lo de Cavendish resultó una proeza, el camino abierto (aún con “guijarros y socavones”) es realmente arduo. En el post que os relaciono a continuación se describe con un lenguaje bastante comprensible, a partir, especialmente de la aplicación de las Leyes de Kepler. Aquí lo tenéis: http://infobservador.blogspot.com.es/2011/01/como-se-mide-la-masa-de-algo.html

11 He preferido mantener las categorías morfológicas diferentes (sustantivo y adjetivo) para comparar tal cual las acepciones en el DRAE y facilitar mi exposición (las definiciones de hermetismo-esoterismo o de hermético-esotérico no vienen tan bien relacionadas visualmente; sugiero al lector que haga la prueba)

12 Lucrecio (Traducción de José Marchena): De rerum natura (De la naturaleza de las cosas), 1913, en soporte digital html en Biblioteca Virtual Cervantes (Libro III, 128-131) http://bib.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01383808666915724200802/p0000004.htm#I_11_

13 Ibídem (Libro Primero, 755-762)

14 Asimov, Isaac: Breve historia de la Química. Alianza, Madrid (1985), p. 47: “Los estudios de Boyle marcan el final de los términos “alquimia” y “alquimista”. Boyle suprimió la primera sílaba del término en su libro El químico escéptico, publicado en 1661. Desde entonces, la ciencia fue la química, y los que trabajaban en este campo eran los químicos”.

15 De la recopilación, traducción y anotaciones de Carlos Solís Santos en Boyle, Robert: Física, química y filosofía mecánica. Alianza, Madrid (1985), p. 148

16 Extraído de Battaner López, Eduardo: Planetas. Alianza, Madrid (1991), p. 167


3 de julio de 2014

Felices en la ignorancia


España sigue rezagada en inversión científica. Demasiados científicos españoles no encuentran oportunidades aquí y tienen que emigrar. Nos preguntamos si contaremos con científicos suficientes en próximas generaciones. Y, si no, al menos, si habrá aumentado la valoración e interés hacia la ciencia por parte de la sociedad española en general. Quizá encontremos el problema en cómo se plantea la enseñanza de las ciencias (y el aprendizaje, también en la educación informal).


Pese a los informes PISA sobre la situación “no tan desfavorable” de nuestros alumnos en ciencias, francamente, no parece suficiente lo que en España estamos apostando en educación1 con las ciencias. Por otra parte, aunque la advertencia de Unamuno de que “inventen otros” parece estar superada en teoría, en la práctica es escaso el apoyo institucional a la investigación en relación a la inversión practicada en Alemania, Francia, Estados Unidos y Japón, entre los países más representativos2. Y, como síntesis de estos dos juicios, véase cómo se han separado Educación y Ciencia incluso a nivel institucional: el Ministerio ha pasado por política social y deporte hasta denominarse sólo de educación, la ciencia depende de otro Ministerio3.

La ciencia no parece preocupar demasiado al hombre de la calle, aparentemente interesado en los chismes de la política4 (u otros chismes de la prensa rosa o el fútbol). A nuestro juicio se produce una escisión de la ciencia del mundo cotidiano, como si tuviera que ver más con la ciencia ficción.

Lo cual arranca mucho antes del Bachillerato y de la ESO; desde la Etapa de Infantil5. ¿Cuántas son las aulas de esta Etapa que cuentan con el rincón científico? ¿En qué medida se favorece la exploración del niño para que descubra las maravillosas relaciones que hay entre las propiedades de los objetos con la función que desempeñan en nuestra vida cotidiana? Si los niños no pueden jugar con palos, ni tierra y agua, difícilmente podrán hacer potingues, presas, castillos, para asimilar algunas propiedades de las mezclas (Química), de la Dinámica o de la Estática, por ejemplo.

Precisamente por eso, porque estamos privando a esos locos bajitos del juego espontáneo con su medio estamos dificultándoles su comprensión.

Pero sería insuficiente señalar este factor. Posteriormente a la Etapa Infantil, ya en la ESO, se diluyen los contenidos para apenas profundizar en algún tema; se aporta una visión cualitativa de los fenómenos, renunciando a una explicación formal. Así, los pocos que llegan al Bachillerato Científico Tecnológico apenas cuentan con un bagaje matemático ligado a las ciencias, de forma que la ilusión que les llevó a esa opción se les aparece fría y descontextualizada: una derivada no les sirve para explicar la velocidad porque no dominan el concepto de límite, por ejemplo.

Enunciados estos factores, sin embargo, hay otro quizá tan importante. A saber: la ley de la oferta y la demanda que fija los precios. Y, en la medida en que nos insertamos en nuestro vigente modelo de producción, nos valoramos como si tuviéramos precio: “si trabajo como director de recursos humanos, puedo ganar sesenta mil euros al año”; “mi primo trabaja de fontanero y se saca más de medio kilo al mes”; etc. Es decir, no es un problema exclusivo de las carreras científicas ni de las ingenierías. Basta con ver la profusa publicidad de las universidades en la prensa escrita para darnos cuenta de que la universidad tiene falta de alumnos. Los jóvenes tienen cada vez más aspiraciones a corto plazo y cada vez más se tiene un pensamiento orientado a la eficacia; es decir, a mayor resultado con menos esfuerzo (¡buf!).

Así es como se plantea el acceso a la universidad, “en función de la demanda”.

No hace falta que venga la OCDE a recomendarnos que nos formemos en ser competentes, haciendo referencia a la conexión entre lo aprendido con su aplicación en la vida cotidiana dicho de manera simplista. Todos intuimos que es así cuando alguna vez decimos o escuchamos frases como: “¡Qué poco tiene que ver la teoría con la práctica!” o “¡de qué poco me sirvió aprender a hacer raíces cuadradas!”. Merece la pena que echéis un vistazo a esta cuestión6:
Julio de 1846. La semana próxima ocuparé el puesto de Director del Primer Pabellón de la clínica de maternidad en el Hospital General de Viena. Me alarmé cuando me enteré del porcentaje de pacientes que mueren en esa clínica. En este mes, han muerto allí no menos de 36 de las 208 madres, todas de fiebre puerperal. Dar a luz un niño es tan peligroso como una neumonía de primer grado.
Estas líneas del diario del Dr. Ignaz Semmelweis (1818 - 1865) dan una idea de los efectos devastadores de la fiebre puerperal, una enfermedad contagiosa que acabó con muchas mujeres después de los partos. Semmelweis recopiló datos sobre el número de muertes por fiebre puerperal en ambos Primer y Segundo Pabellón del Hospital (ver el diagrama).

Los médicos, entre ellos Semmelweis, desconocían completamente la causa de la fiebre puerperal. El diario de Semmelweis decía:
Diciembre de 1846. ¿Por qué mueren tantas mujeres de esta fiebre después de dar a luz sin ningún problema? Durante siglos la ciencia nos ha dicho que es una epidemia invisible que mata a las madres. Las causas pueden ser cambios en el aire o alguna influencia extraterrestre o un movimiento de la misma tierra, un terremoto.
Hoy en día, poca gente consideraría una influencia extraterrestre o un terremoto como posible causa de la fiebre. Pero en la época en que vivió Semmelweis, mucha gente, incluso científicos, ¡lo pensaba!
Ahora sabemos que la causa está relacionada con las condiciones higiénicas. Semmelweis sabía que era poco probable que la fiebre fuera causada por una influencia extraterrestre o por un terremoto. Se fijó en los datos que había recopilado (ver el diagrama) y los utilizó para intentar convencer a sus colegas. 
PREGUNTA: Supón que eres Semmelweis. Da una razón (basada en los datos que recopiló Semmelweis) de por qué la fiebre puerperal es improbable que sea causada por terremotos.

Si os seguís planteando si realmente no es así, que la cultura científica la habéis aprendido como algo útil para vuestra vida, que os permite ser más críticos y comprender mejor vuestra realidad, os pido que recordéis este número: 602200000000000000000000 (NA, expresado en mol-1). Y, si de verdad lo comprendéis7, pudisteis acudir, por ejemplo a la Convocatoria #NoSinEvidencia: sobredosis homeopática 12/07/2014.


Y es que, en suma, debemos reconocer que, en general, en nuestra llamada sociedad de la información, estamos dejándonos llevar por los datos aislados y renunciamos a construir conocimiento. Quizá creyéndonos felices en la ignorancia.



1 Ni en educación en general, especialmente en educación pública. Ejemplo: http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/07/02/actualidad/1404327607_918795.html

3 Habrá quien vea un guiño al nombre de este humilde blog (no se equivoca).

4 Me he expresado mal: los chismes de los políticos profesionales.

5 Podéis ver una somera descripción de cómo se tratan las ciencias en la etapa de Educación Infantil (Comunidad de Madrid) en esta entrada del blog: “La ciencia, lo que no aprenderán nuestros hijos” http://misterioeducacionyciencia.blogspot.com.es/2013/01/el-curriculum-nuevo-del-emperador.html

6 Esta es una de las preguntas que se realizaron para el informe PISA 2009. Podéis ver todas las referidas a ciencias aquí: http://www.mecd.gob.es/dctm/ievaluacion/internacional/ciencias-en-pisa-para-web.pdf?documentId=0901e72b8072f577

7 Efectivamente, no tiene que ver con esto http://www.youtube.com/watch?v=BGXGMvp3z3M


12 de diciembre de 2012

Del interés de contar cosas


Es de sentido común que sin creación no hay novedad, y que sin novedad, no hay cambio (tampoco mejora). Por tanto, el conocimiento está bien, pero no es suficiente sin la imaginación. Es una cuestión de aritmética elemental. Pero al menos debe haber unos mínimos. En el caso del lenguaje, en tanto en cuanto común –pues si no, no habría comunicación, intercambio humanos propiamente dichos debe haber un sistema básico: código lingüístico y otros códigos extra-lingüísticos, que varias personas seamos capaces de codificar y decodificar ¡vaya!, suena redundanteEsos mínimos hacen el papel de ingredientes, como si de un guiso se tratara. Con ellos nos podemos alimentar y satisfacer, pero no habremos disfrutado de un sabroso guiso si no hubiéramos realizado algunas cosas más: si echamos patatas, puerros, cebolla y zanahoria a una olla con agua, tendremos algo parecido a la porrusalda, nos lo comeremos y puede que incluso dijéramos: “¡qué rico!”. Pero jamás cerraríamos los ojos ni sonreiríamos ni musitaríamos un sonido de placer de no haber sofreído  antes la cebolla. Ese toque del sofrito es la literatura en el lenguaje, es el toque que alguien imaginó alguna vez.

Trataré de ilustrarlo con el siguiente ejemplo: Imaginemos una situación de aula en la que el maestro presenta el modelo copernicano a sus alumnos de seis años. Puede hacerlo de diversa formas, veamos dos representativas:

A. «Ésta es la Tierra (mostrando una pelota de tenis) y éste es el Sol (mostrando un balón de baloncesto). En la Tierra pongo este muñequito (ancla con celo –en los dos sentidos- una figurita de plástico a la pelota de tenis). Si muevo el balón, al muñequito le parece que se mueve el balón (moviendo el balón). Pero no, no es así; lo que se mueve es la pelota de tenis alrededor del balón. Por eso el muñequito cree que se mueve el balón (Todos, incrédulos: “¡Ah!”)».

B. (1ª parte) «Hace muchos años había una tortuga que vivía muy tranquila en un playa. Un buen día llegó a la playa un tigre. Era un tigre muy rápido, el más rápido de todos los tigres. Pero también el más engreído; pues presumía de ser el más rápido de todos los tigres y de todos los animales. Por eso, viendo a la tortuga tan tranquila, la retó a echarle una carrera. La tortuga, que tonta no era, le propuso las reglas: ganaría aquél que primero llegara a su casa. El tigre, que tenía su guarida donde acababa la playa y comenzaba la selva, empezó a frotarse las manos: “Pan comido”, se decía. Comenzó la carrera y, en menos tiempo de lo que tardo en contarlo, la tortuga escondió las patas y la cabeza en su caparazón. Cuando el tigre llegó a su guarida, se asomó tras los últimos árboles de la selva. ¡Cuál fue su sorpresa cuando vio el caparazón de la tortuga en el mismo sitio en que la dejó!, pero sin patas y sin cabeza. El tigre se acercó a la tortuga y empezó a buscar su cabeza para decirle que había ganado él. 
Como no la encontraba, empezó a dar vueltas alrededor de la tortuga, pero nada, no vio la cabeza por ningún lado. De modo que pensó una solución: con sus garras dibujaría una raya cada vez que anduviera un paso alrededor de la tortuga.
Al principio parecía fácil, pero al cabo de un rato se dio cuenta de que había dado una vuelta completa a la tortuga. Así que, tras mucho cavilar, ideó otra solución: hizo una raya más grande en un lado.Empezó a dar vueltas, pero nada, no encontraba la cabeza de la tortuga. Pero aprendió una cosa: cada vez que llegaba a la raya grande, parecía, que la raya se 
acercaba y cada vez que la pasaba, parecía que la raya se alejaba. Dio muchas vueltas hasta que se cansó. Se rascó la cabeza, con cuidado, para no arañarse, y se dio cuenta de que había dibujado un sol. Bueno, al menos aprendió que el sol puede estar quieto aunque parezca que se mueve». (Esto genera preguntas en el niño).
(2ª parte, otro día) «Érase una vez un gigante bailarín que no paraba de dar vueltas. Nunca se mareaba, jamás, porque era bailarín. Pero no era muy listo y creía que todo daba vueltas. Siguió y siguió dando vueltas hasta que un día se paró a descansar. Entonces vio que los árboles ya no se movían, que las montañas estaban quietas. ¡Si la Tierra se parase a descansar!».

Bueno, digamos que esto podría valer como organizadores previos para el aprendizaje significativo propuesto por Ausubel. En Infantil es especialmente necesaria la actividad del alumno, pero sin estos organizadores el niño ni siquiera puede intuir ideas tan abstractas como que la Tierra gira sobre sí misma y en torno al Sol, tan en contra de su conocimiento perceptivo. Sin embargo, muchas veces podemos precipitarnos con modelos aparentemente tangibles pero nada intuitivos, como el modelo A.; a veces conviene racionalizar el contenido y presentarlo poco a poco, aunque sea como un método de pensamiento cuasi divergente, que le invite a la reflexión o al cuestionamiento de su realidad. Así funciona la ciencia también, con alternativas al conocimiento.
Pero ¿sin interés...? Sin interés poco podemos hacer.

En fin, sólo es una reflexión.