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23 de septiembre de 2015

Pontificar no es de sabios


Si nadie posee la verdad absoluta, parece irrelevante abominar de cualquier idea, por disparatada que sea. Pero existen límites. Uno de ellos es la vida de una persona (o colectivo de personas): no es lícito exponer su vida a las diarreas mentales de un gurú antivacunas, por ejemplo. Y otro límite es la salud (tómese definición OMS): tampoco es lícito someter a una sociedad privándola del acceso al conocimiento y vendiéndole monsergas (sean políticas, comerciales o religiosas). El problema es que el conocimiento no llega a todas partes ni llega por igual.




4 de diciembre de 2013

Matemáticas de andar por casa

Que las matemáticas son una herramienta útil para conocer mejor lo que nos rodea es hasta cierto punto incontestable. Quizá no lo sea para cuestiones más elevadas, pero una carencia de nociones fundamentales en esta disciplina puede ser origen de muchas dificultades: errores de previsión en la economía doméstica, incapacidad para interpretar datos numéricos, problemas de orientación espacial... Sin necesidad de sacralizarlas, solo apuntaré un aspecto: la formación matemática del docente.


La carrera de Magisterio es un tótum revolútum de disciplinas: Psicología, Didáctica, Matemáticas, Lengua, Ciencias, Música, Expresión Plástica... Sin duda, útiles en la profesión, pero es siempre discutible la preeminencia de unas sobre otras (como en cualquier carrera). Si los futuros maestros deben recibir más formación matemática (tanto de didáctica de las Matemáticas, como de Matemáticas en sí) siempre va a ser una discusión abierta.

En mi opinión, me parece apropiada una formación en el área más amplia de la lógica-matemática. El motivo fundamental para este parecer lo encuentro en que esta área permite relacionar con más sentido los procesos cognitivos que va desarrollando el niño con las situaciones y objetos cotidianos, y, por tanto, contribuye mejor a su didáctica. En los planes vigentes se aborda esta área así como contenidos más puramente matemáticos. Pero suele ser en esos contenidos más matemáticos donde pueden hallarse importantes escollos.

Son demasiados los compañeros y compañeras de carrera que iniciaron sus estudios con aversión, temor e ignorancia en matemáticas. La dificultad comienza antes. El dominio de las matemáticas de Primaria debería haberse producido al acabar de estudiar Primaria y, como mucho, al acabar Secundaria. De forma que cualquier persona con el título de ESO pudiera ayudar a comprender las matemáticas a alumnos de Primaria. Por la sencilla razón de que algunos alumnos de Magisterio vienen del Bachillerato de Letras, donde las matemáticas no se ven ni en pintura. Lo cual les hace casi imposible, pese a los cursos cero (que ya su nombre suena premonitorio), sacar adelante las asignaturas de matemáticas de la Carrera. Y, ojo, porque sacar adelante una asignatura no suele ser suficiente para poder enseñar bien sus contenidos específicos. Quizá por todo ello se demanda más formación matemática para los futuros maestros.

Desgraciadamente, lo señalado en este último párrafo afecta a gran parte de la población, desde luego no mayoritariamente docente. Una formación matemática de periodistas, de políticos y demás profesionales que generan información es fundamental, sin duda, y no debería haber aversión ni siquiera hacia la palabra matemáticas. La usamos constantemente: para clasificar, para ordenar, para comprar y vender, para viajar, para jugar... para pensar, en suma (sí, es un guiño). Forman parte de nuestra vida, aunque no nos gusten. El profesor también brinda información y también debe contar con un buen bagaje matemático.



Es necesario, pues, un empeño en fomentar la formación matemática (y, desde luego, no solo por esa vis laboral a la que tanto insiste la OCDE con sus informes PISA). Por eso no estaría de más que los expertos demandaran también más formación didáctica para los futuros matemáticos. Lo que quizá contribuiría a mejorar su divulgación y coadyuvaría a que las matemáticas fueran apreciadas como lo que son, una potente herramienta con la que ayudarnos a conocer mejor nuestra realidad (entre otras cosas).


3 de mayo de 2013

La ética del poderoso

Urbano VIII, el Papa que postró a Galileo, no era más sabio que éste en el conocimiento del mundo físico, pero lo era en el conocimiento del mundo social más cercano. Pero, además, detentaba el poder cognitivo sobre el mundo ultraterrenal, el mundo que preocupaba a los oprimidos. Es decir, el opresor crea la realidad del oprimido, le oculta la realidad sensible y le muestra sueños intangibles. Dicho de  forma cheli: el opresor vende la moto al oprimido.



La cuestión está en si esto conviene también a quienes son menos hábiles, o, mejor dicho, ésta es la cuestión que sugieren los más hábiles.

La ética del poderoso, la de quien se hace considerar más hábil, consiste en inducir a pensar al resto que su moral es la mejor para todos. Además puede justificarlo porque, más allá de su cuestionada autoridad, tiene el poder sobre la realidad. En el conocimiento en general sucede que existe alguien que se sirve de otras herramientas ajenas al ámbito de conocimiento: violencia, muerte, amedrentamiento, temor, etc. Da igual el aspecto de la realidad, no importa que sea la Economía ni las costumbres ni las Matemáticas ni la Moral. Todos los ámbitos de la vida están controlados desde la visión hegemónica de unos pocos. 

Sin embargo, incluso en las altas esferas hay personas más poderosas que otras. Parece que hay un movimiento eterno entre el que puede algo y el que puede más. Aquí encuentran la oportunidad los sometidos, en la dinámica. Las fuerzas se mueven, no son siempre las mismas, ni siquiera en las monarquías de antaño (por eso son de antaño). Empero, sí parece haber un desorden con cierto orden: las fuerzas apenas escapan a la mayoría.

La esfera de poder está separada de la del resto o esfera del pueblo. Los individuos poderosos, encima, suelen frecuentar la esfera de poder, rara vez caen a la esfera del pueblo, mucho más numerosa, individuos representados debajo. La realidad del pueblo es del mismo color (en amarillo) que la del poder. Algunos individuos del pueblo se acercan al poder, pero es una parte muy exigua. Aprovechan la dinámica en el poder para tratar de acercarse a él.

¿Ha cambiado esto en el siglo XXI?

Ha cambiado cuantitativamente: hay más distancia entre las dos esferas, y hay mayor desproporción entre el número de personas de una y otra. La realidad la siguen pintando desde el poder (esfera menor), pero, son tantas las dificultades en el pueblo, que ni tan siquiera se aprecia la realidad que pintan desde el poder. La esfera mayor (en población) parece estar en ebullición. 

Alguien objetará: “Pero con la Democracia esto ya no es así”. Objeción fácilmente rebatible: La Democracia, aun suponiendo que funcionara bien, sólo se da en una cuarta parte del Mundo, ¿qué pasa en el resto? ¿Acaso los países democráticos no someten al resto?


Pero no es cierto, o no es como tratan de hacérnoslo creer. Hay frases manidas en una u otra dirección:  si creemos que el hombre es un lobo para el hombre o si creemos que somos animales políticos es una cuestión difícil, pero su interpretación no puede ser la que nos impongan.

Particularmente, creo que podemos lograr más si nos unimos que separados, pero sin caer en el miedo que tratan de inocularnos desde siempre. Para describir ese miedo voy a servirme de un modelo sacado de la Física:


En la figura que se muestra a la derecha, la situación actual: a semejanza de un líquido (como el agua, e.g.) en unas condiciones de presión y temperatura concretas. Hay un equilibrio entre las moléculas que abandonan el estado líquido y pasan a vapor, y las moléculas que pierden energía y pasan del vapor al líquido. En las condiciones de presión y temperatura esto da un grado de humedad relativa del aire. Vamos a suponer que el aire es el Universo y que el agua, en dos de sus estados (líquido y vapor), es la Humanidad: los poderosos vuelan sobre los sometidos a las fuerzas de cohesión del líquido. 
Es posible que haya intercambio entre los poderosos y los sometidos, pero siempre hay un cupo para el poder, el estado de vapor, con mayor energía. De manera que las moléculas poderosas gozan de mayor libertad (de movimiento).

La Historia juega el papel de la temperatura, mientras la presión es patrimonio del poder, claro está. La Historia avanza, aumenta la temperatura. Sin embargo, la presión de vapor no aumenta tanto como para compensar un aumento de la humedad relativa debida sólo a la temperatura. El líquido comienza a bullir, ansiando el poder, la libertad mal entendida. Y, según este planteamiento, desaparece la Humanidad.

Cada cual puede creer lo que más le convenga. Pero tened clara una cosa: somos algo más que sólo moléculas de agua. ¿O qué creéis?










1 de diciembre de 2012

Una leve defensa de la escuela


Extraído de:
Misterio, educación y ciencia. La cuestión no es la respuesta, sino la pregunta (ISBN: 978-1409280569)

«[…] De acuerdo con que la escuela es algo (aún no vamos a entrar en su definición) que favorece entre otras cosas la transmisión del conocimiento, ese bien humano que mejora nuestra comprensión de nuestra realidad y, se supone que, de nuestras vidas... Acaso en última instancia como una garantía biológica para la perpetuación de nuestra especie.
Sin embargo, incluso desde ese punto de vista puramente epistemológico y aun ontológico, es un motivo insuficiente; es una convicción propia (y sospecho que de una gran mayoría de personas) que el ser humano necesita de otros seres humanos. Es decir, somos seres sociales. No basta con que cada uno tenga una idea de su realidad. O sí, pero la evolución parece haber demostrado que el hecho de compartir esas ideas genera conocimiento, que es mucho más potente que las ideas de cada uno por separado. Y, en general, podríamos estar de acuerdo en que la unión de esfuerzos redunda en un beneficio mayor para un conjunto de personas.
Ahora bien, alguien podría alegar que con la familia es suficiente para llevar a cabo esa –digámoslo ya- socialización. No lo creemos. La familia juega un papel imprescindible en las primeras etapas, en que el bebé y poco a poco el niño van adquiriendo mayor independencia. Progresivamente, el niño va descubriendo un mundo más amplio y diverso. Necesita ubicarse en una realidad menos endogámica –como quedaría patente desde el punto de vista de la descendencia, en la unión con otro miembro de diferente familia-. Para ello el individuo necesita haber trascendido a su familia y empezar a conocer y a vivir en grupos sociales más amplios y con menor arraigo o protección.
Si no fuera por la escuela, es posible que aún estuviéramos refiriéndonos al clan de los García, de los Pérez o de los Mc. Gregor.
Tras el paso por la escuela, el individuo ha compartido sus experiencias, inquietudes, intereses y pensamientos con otros, quienes habrían hecho lo propio con él.
Sin embargo, también es discutible que la simple reunión de niños de diferentes familias fuera suficiente para garantizar la transmisión del conocimiento. Y menos aún para la perfección de éste. Porque no olvidemos que la escuela es un agente más de socialización, pero también de mejora del futuro social, no sólo de cada individuo. Y para ello los niños necesitan guías adultos, que les orienten, les ayuden a convivir y que, en conexión con la familia y otros agentes, contribuyan a su educación: favoreciendo su aprendizaje y garantizando su desarrollo. Que, en un futuro, sirva para mejorar la sociedad. La educación, pues, para que sea perfectiva, ha de ser explicitada: organizada y sistemática. Y, como elemento de cohesión social desde la escuela, hasta cierto punto consensuada por la sociedad o con unos básicos (no sé si reducirlo a contenidos). Es decir, se hace necesaria la educación formal desde la escuela.
Es necesaria, pero no suficiente. Y, desde luego, esta justificación o defensa a ultranza de la escuela se sostiene en unos fines teóricos que en demasiados casos han resultado ser idealistas. Pero es lo mejor que tenemos y, en general, funciona […]».