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30 de julio de 2013

Lenguaje sin límites

Una imagen vale más que mil palabras. O no. ¿Cuántas veces hemos sentido algo que no podemos explicar? Por lo menos. tantas como veces en que no hemos intentado expresarlo verbalmente. Podemos asumir que no hay infinitas palabras, pero dudo de que no haya infinitas formas de ordenarlas para expresar no solo lo que existe, sino incluso lo que existe desordenado (por no decir inventar o reinventar realidades). Pero solo es una duda.

Fuente

En el post Los límites del lenguaje seguí el modelo de construcción de una casa para describir cómo se iba produciendo el desarrollo del lenguaje a lo largo de la vida de una persona. En aquella entrada concluí, a propósito de la gramática normativa, con la pregunta clave de entonces: "Lo que nunca aprenderé es cuándo y cómo se hace el tejado. Pero, además, ¿qué es el tejado?". Partamos de esa pregunta, continuando con la imagen de la casa que vamos construyendo lingüísticamente hablando.

¿El tejado es la estructura que protege la casa de las agresiones externas que vienen de arriba? Puede ser, pero también ayuda a mantener la temperatura y la humedad de mi vivienda. Mi casa, sin llegar a ser un sistema perfectamente aislado, mantiene sus propiedades térmicas limitando el trasiego de energía a través de sus paredes y del tejado. Si cierro el tejado, limito más ese intercambio con el exterior. De alguna forma, cuando envejezco, voy construyendo esa estructura superior.

El quid no está en cuándo ni en cómo, sino, más bien, en por qué. Hay personas que envejecen a los treinta y otras que no envejecen ni en su último aliento. ¿Qué nos lleva a querer cerrarnos? ¿Por qué acabar la casa?

Así es, hay viviendas que, pese a viejas, siguen creciendo. Mientras que otras, aun jóvenes, se han conformado con cuatro paredes en una planta y un tejado de hormigón armado. Eso sí, con unas tejas preciosas.

En ocasiones nos encontramos con los criterios emanados de quienes se han autoproclamado expertos. Quienes dicen saber lo que es factible y lo que no, y que además se erigen en adalides de nuestra salvaguarda. Si somos temerosos y dudamos de la solidez de nuestra construcción, les creemos a pies juntillas y confiamos en sus criterios de conservar lo realizado. Sus criterios conservadores de mantener lo que de otra forma —según ellos— se derrumbaría. Me pregunto si el término experto es adecuado. Me planteo si no será mejor referirnos a sabios, ya que la experiencia hace al experto y el saber, al sabio. Lo cual explica que el criterio de estos sabios sea fundamentalmente rígido. Como si tuvieran miedo de sus propias construcciones. Como si hubieran abandonado su noble tarea de investigar, hastiados de ver que la Lengua no deja de evolucionar, como tampoco dejan de hacerlo los mecanismos del lenguaje o el pensamiento. ¿Quién nos dicta cómo debemos construir?

También a veces nos encontramos en el otro extremo, en el desconocimiento de la norma. Si somos conscientes de nuestra carencia y queremos seguir aprendiendo, pedimos ayuda, consultamos. Pero en innumerables ocasiones cometemos errores sin saber que los cometimos, sin haber reflexionado. Solo después, cuando hemos visto las consecuencias, nos damos cuenta de ellos. Sin entrar en una visión conductista o propositiva, algunos creemos que no siempre las consecuencias determinan nuestros actos. La secuencia ensayo-error no siempre deviene en aprendizaje: cuando hemos comprobado que nuestra dicción provocaba la incomprensión de nuestros interlocutores, no siempre hemos tratado de mejorarla; la habilidad de cada individuo también ha tenido que ver en ese proceso. O cuando no hemos sido dueños de nuestras palabras, también nos hemos cerciorado de un error; un error que solo soslayaremos con esfuerzo. Luego, si no hay esfuerzo ni capacidad, es decir, querer y poder, tampoco habrá mejoras en nuestro edificio.

Así pues, hemos encontrado diferentes ingredientes que configuran el tejado. Pero sigo sin saber qué es el tejado. No acabo de decantarme a favor o en contra de esa última tapa. Veamos: siendo niños, al no contar con una estructura sólida, necesitamos de los demás y, sin embargo, no tenemos esa cubierta superior. Esa cubierta no existe, necesitamos empaparnos, como si de lluvia se tratara, de cuanto nos llegue. En la infancia creemos que el lenguaje es infinito y no nos preocupa, pero, ya adultos, estamos convencidos de que el lenguaje es infinito o, al menos, inabarcable, y sí nos preocupa. Hasta el punto de medir nuestras palabras. Nuestra inteligencia compensa nuestra pesadumbre epistemológica, nos facilita un registro que creemos apropiado; hemos adaptado nuestro lenguaje a una variedad diastrática o diafásica, según los doctos.

Sin embargo, esta consideración infinita del lenguaje es optimista para mí y, desde luego, muy alejada de la consideración académica o finita. Creo que el lenguaje es infinito y que debe sortear las trabas academicistas, más allá del estándar de la Lengua. Voy a detenerme brevemente en el aspecto formal de lenguaje para sustentar esto
(1):

Desde este punto de vista formal se define alfabeto como un conjunto finito (2) de símbolos. Por ejemplo, el alfabeto

A = {0,1}

En este conjunto se pueden establecer relaciones entre sus elementos, que llamaremos cadenas o palabras. Por ejemplo, en el alfabeto A, podemos encontrar las siguientes palabras:

x = 0; y = 01; z = 010...

O, por convenio, también se puede definir la palabra vacía, λ = {Ø}. Cada una de ellas tiene relacionado un número de símbolos; se dice que cada palabra tiene una longitud, lg, que es una función del conjunto alfabeto en el conjunto de los números naturales. Así:

lg(x) = 1; lg(y) = 2; lg(z) = 3...

Por definición, lg(λ) = 0. A su vez, podemos definir otros conjuntos, que no llamaremos alfabetos y que serán aquellos formados por palabras de igual longitud con los símbolos del alfabeto A; los denotaremos como sigue:

A0 = {Ø}, tal que, para todo x0  A0, lg(x0) = 0
A1 = {{0,1}}, tal que, para todo x1  A1, lg(x1) = 1
A2 = {{00, 01, 10, 11}}, tal que, para todo x2  A2, lg(x2) = 2
A3 = {{000, 001, 010, 100, 011, 110, 111}}, tal que, para todo x3  A3, lg(x3) = 3
...

De esta forma podremos definir el lenguaje universal sobre el alfabeto A, A*, como la unión de todos estos conjuntos de palabras, es decir:


Este formalismo no acaba aquí, pero, para nuestro propósito, valga mencionar que a partir de esta definición de lenguaje universal se pueden establecer subconjuntos de A* que llamaremos lenguajes sobre A, bajo unas condiciones recogidas en la sintaxis. Lo interesante de la sintaxis es que podemos averiguar si, dada una palabra, esta pertenece al lenguaje siempre y cuando cumpla las condiciones fijadas en dicho corpus gramatical, propio de ese lenguaje. Ahora bien, si el subconjunto lenguaje es finito, harto improbable (3), habremos encontrado un catálogo cerrado de palabras; sería suficiente con una consulta para saber si nos movemos dentro de ese lenguaje o no. Sin embargo, incluso desde este punto de vista formal, parece pobre limitar un lenguaje a un conjunto finito.

En efecto, como puede resultar obvio con un alfabeto de solo dos símbolos, alguien propondrá que se realice el mismo ejercicio formal para el alfabeto del español. Evidentemente, las posibilidades combinatorias son mucho mayores. Pero mucho más aún de lo que pueda parecer formalmente incluso; cuando nos referimos al alfabeto del español nos restringimos demasiado, no recogemos las diferentes variedades fonemáticas, por ejemplo. Está bien, supongamos que, basándonos en estos signos
(4) se define un lenguaje, el español, que se ajusta a unas normas (metalingüísticas, por cierto). ¿Quién puede decir que existe una gramática del español suficientemente restrictiva como para afirmar que el español no es infinito? Nadie. Porque, aunque el número de combinaciones sea enorme, la cantidad de combinaciones sería finita (5), pero tan grande que cualquiera la consideraría inabarcable. El hecho es que la sintaxis española restringe la formación de palabras a varias decenas de miles, de las que, por supuesto, nadie hace un uso total de ellas.

¿Entonces? Sencillo, la sintaxis no se limita a la concatenación de los signos del alfabeto. Los signos forman cadenas o palabras que, a su vez, combinamos de acuerdo a unas normas más o menos precisas (gramaticales, sintácticas también). Con una intención al menos: seguir ordenando, categorizando o clasificando nuestra realidad. Hemos llegado al campo semántico. Si ya las palabras podían referirse a objetos (sujetos, ideas, elementos del lenguaje, afectos, otros objetos...), surge la necesidad de asociar palabras para atrapar mejor esa realidad, su significado. Llegamos a la construcción de enunciados, definiciones, textos, peroratas... con significado; combinación sintáctica y selección semántica.

¿Dónde está el límite?

Se trata de un límite desconocido en todo caso.

La Literatura es un ejemplo sobresaliente de esta posibilidad, ¿o acaso no es Rayuela una bella historia de amor?









1. Extraído de Fernández, G. y Sáez Vacas, F. (1995, capítulo 1): Fundamentos de Informática: Lógica, autómatas, algoritmos y lenguajes. Anaya Multimedia

2. Alfabeto del español, Ñ = {a, b, c, d, e, f, g, h, i, j, k, l, m, n, ñ, o, p, q, r, s, t, u, v, w, x, y, z}.

3. Basta con echar un vistazo a la definición de lenguaje universal para comprender que este no lo es.

4. Aunque no es lo mismo signo que símbolo, por cuestiones expositivas decido adoptar de aquí en adelante un paralelismo entre ambos para seguir apoyándome en las cuestiones formales descritas.

5. Incluso restringiendo la longitud de las palabras a 22 (“esternocleidomastoideo”, e.g.) y admitiendo todas las combinaciones posibles de hasta 22 signos del alfabeto, el número posible de palabras sería 67.105.911. Inabarcable.





5 de mayo de 2013

Los límites del lenguaje

Ante los evidentes avances tecnológicos, surge la duda sobre la pertinencia de la norma lingüística: ¿quiénes la marcan?, ¿para qué se establece la norma? Limpiar y dar esplendor no debe suponer abominar de los neologismos, por ejemplo, como tampoco supone renegar de la creación literaria. Nuestra realidad encierra la belleza de lo desconocido, de lo que está por desentrañar. Como el lenguaje que está por descubrir, ese tejado que está por construir.

Fuente
He aquí la estructura congénita que se le supone al hombre por ser hombre: dos piernas con sendos pies, dos brazos con sendas manos, un tronco y una cabeza... Efectivamente, no me estaba refiriendo a esta, sino a... No sé cómo referirme a ella. ¿Debo hablar de mente (1)?, ¿de alma? Un convencionalismo, lo denominaré capacidad intrínseca. Pero, entonces, «¿una capacidad, es decir, algo que puede ser pero que aún no es, lo llamas estructura?», objetará alguien. Bien, digamos que es una estructura básica o algo de donde partir o donde construir. Sirva la comparación siguiente: esa estructura se asemejaría a los cimientos sobre los que se edificaría una casa. Para algunos esa estructura (profunda, según Chomsky) se compone de materia (punto de vista físico, químico, biológico o simplemente fisiológico); para otros, de espíritu (punto de vista filosófico); para otros, de energía mística (punto de vista místico); etcétera. En cuanto a mí, no lo sé, por lo que, a fuer de ser diplomático, mantendré la verosimilitud de todos los citados puntos de vista. Pues lo que ciertamente me importa es conocer de qué se compone esa casa. Que, por otra parte, tampoco sé si apellidarla como del lenguaje o como del pensamiento.

Me serviré del modelo físico apuntado por Einstein: energía como masa o masa como energía, dos manifestaciones de la misma cosa. Este hecho irrefutable a modo de manifestación ambivalente lo es en Física, empero en Lingüística no todos se ponen de acuerdo en la equivalencia entre pensamiento y lenguaje. Quienes se dedican a la Inteligencia Artificial no suponen equivalencia, sino plena equiparación; de otra forma, no tendría sentido su trabajo. Sin embargo, también hay detractores de esta disciplina: no tanto por sus resultados más o menos éticos, sino, más bien, por el escepticismo que les plantea: «Parece ser una creencia muy extendida la de que “cualquier cosa es un computador digital”. Mi intención (...) es tratar de demostrar por qué, y quizá cómo, esto no tiene que ser así necesariamente» (R. Penrose: La nueva mente del emperador. BarcelonaGrijalbo1996, p. 48).

Esto me lleva a diferenciar —por supuesto— lo que es un lenguaje formal, como lo es el computacional, del lenguaje propiamente humano o lenguaje humano: el lenguaje formal (matemático, lógico o de ordenadores) no es más que una herramienta para el análisis de los razonamientos de la mente (humana, desde luego, y si es que existe el ente llamado mente). Este lenguaje formal es tan estructurado, que es cerrado; es decir, no permite ambigüedad (2), por ejemplo. Esta ventaja de estructuración ideal sería interesante que se diera a veces en el lenguaje humano —para no sacar las cosas de contexto, por ejemplo—, pero nuestra especie también ha inventado mecanismos que contribuyen al buen entendimiento, sin ser perfecto. Precisamente de esta imperfección deviene la riqueza de nuestro lenguaje: de su abertura. El lenguaje goza de tanta ansia de crecimiento como el pensamiento o, como expresó Wittgenstein en su faceta epistemológica, los límites de mi lenguaje son los límites de mi conocimiento. Para facilitar mi tarea expositiva, convendré en que el lenguaje es manifestación (sin el determinante “la”) del pensamiento —casi vale el modelo físico, si bien debo dejar claro que energía y materia son dos manifestaciones de un mismo hecho, mientras que lenguaje es manifestación de pensamiento, mas no viceversa; o, al menos, no hay forma clara de apreciarlo—.

Así, aceptando que el lenguaje se desarrolla con el pensamiento, propongo referirme a la casa del lenguaje o la casa del pensamiento de manera indistinta con la denominación de casa.

¡Ah!, sí: ¿de qué se compone la casa? De relaciones. Pero no de simples relaciones. Si he ilustrado al lenguaje con este modelo constructivo, lo he hecho porque efectivamente el lenguaje supone un proceso de crecimiento. Aunque me quedaría corto si solo apuntara el crecimiento cuantitativo, ya que el proceso también es cualitativo. Nuestra casa, como el buen vino, gana con la edad —en general—. Las relaciones aumentan en número y en complejidad, en la medida de cada uno (3) o, más bien, en función de otro don: nuestra capacidad de aprendizaje. Nuestra casa es una (o muchas) interpretación de la realidad. ¿Qué realidad? Nuestra realidad, esa que podemos intercambiar con otros para enriquecernos o, mejor expresado, desarrollarnos. Los animales no son capaces de intercambiar su realidad, son egocéntricos de por vida —suponiendo que tuvieran desarrollado su concepto de yo—; porque no cuentan con esa capacidad intrínseca a nuestra especie. Entonces, en ese vaivén de realidades, se definen las relaciones. Sin prisa, pero sin pausa: ladrillo a ladrillo, estructura y forma... Esto es importante pues la casa la hace uno mismo, con ayuda (ideas, porque nunca faltan ingenieros), pero uno mismo. De forma que siempre construimos sobre lo ya construido; no podemos empezar la casa por el tejado.

Nuestra casa comienza en un triste solar con un poco de mortero (gorjeos, balbuceos), uno o dos ladrillos (“mamá”, “papá”) y, poco a poco, una hilera de ladrillos (holofrases, agrupación de dos o tres palabras). Hasta entonces otros humanos nos han hablado, nos han sonreído, nos han cantado o nos han hecho cucamonas. De alguna forma nos han procurado unos modelos donde fijarnos, pues nuestro cometido es edificar una vivienda, no una escultura amorfa sin sentido. Justo eso: sentido, significado. Para nosotros, para los demás. Maravillosamente, la incipiente casa va asemejándose a las de alrededor y a las de nuestros modelos. Lo que no parece obvio es aseverar si las reglas o las normas de edificación también nos las han transmitido otros. De ello se ocupa la Gramática Generativa, creo —diletante—.

Nuestra vida marca el tempo. Las relaciones se van complicando, según Jakobson, en torno a dos ejes: la combinación sintáctica y la selección semántica. Vamos escogiendo nuevos materiales, optando por nuevas técnicas, aprendiendo de otras personas, fijándonos desde una altura mayor en todo lo que abarcan nuestros sentidos. Nuestra casa es única, pero sigue siendo parecida a casas próximas. Este vecindario puede establecer un sistema de signos (¿lengua?) comunes para mejorar el intercambio de realidades. Puedo visitar otras casas porque soy capaz de recordar la mía y evocarla, y también puedo recibir invitados que evocan las suyas. A unos les recibo en la biblioteca y a otros, en la cocina, o en el jardín o en el despacho, dependiendo de nuestra comodidad (¿registro?).


Lo que nunca aprenderé es cuándo y cómo se hace el tejado. Pero, además, ¿qué es el tejado?

Intentaré responderlo en esta entrada: Lenguaje sin límites.




1. Por si la comprensión de este texto fuera oral, valga esta aclaración: la preposición “de” es indisoluble de la forma verbal “hablar de”; “de-mente” no funciona como predicativo.

2. A no ser que esa ambigüedad sea fruto de la autorreferencialidad de un metalenguaje sobre él.

3. O de cada sociedad, en función de la cultura, la economía, el medio físico y el medio social, en suma.