Cuentan que estaba plácidamente tumbado en la laderilla de una cuneta un hombre con boina calada en la frente. Repentinamente, la estela de un imponente descapotable, como de un manotazo, le desnudó la cabeza. El paisano, mientras recogía la boina, vio cómo el cochazo se detenía a doscientos metros con un sonoro frenazo y comenzaba a dar marcha atrás. Cuando llegó a la altura del hombre, frenó y desapareció el ruido del motor, una puerta se abrió y del coche salió un hombre impecablemente vestido. El hombre emboinado apenas lo miró de reojo y permaneció tumbado con una pajita en la boca. El del cochazo se presentó:
– Buenas tardes, señor.
– Buenas tardes –respondió el de la boina–.
– He pasado por aquí y me ha maravillado lo bien adiestrado que tiene usted a su perro. ¡Qué bien cuida sus ovejas! ¡Qué maravilla de rebaño!
Con la pajita en la boca, el paisano apenas le musitó un “¡hum!”. El de la corbata prosiguió:
– ¿Y no ha pensado en hacerles un corral?
El hombre tumbado, sin mover los labios, apenas le replicaba:
– ¿Y para qué?
– ¡Hombre!, así podría alimentarlas mejor y puede que le dieran más lana, más leche... Podría criar aún más ovejas porque estarían muy bien cuidadas, en unas condiciones óptimas de humedad y temperatura –le contestó sorprendido el de la corbata–.
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– ¿Y para qué?
– Así podría vender más lana, más leche e incluso carne. Podría crear su propia marca, incluso un departamento de marketing y otro de ventas. También otro de calidad para mejorar la competitividad...
– ¿Y para qué?
– ¿Y para qué?
– Con los excelentes resultados que usted iba a obtener, ya no necesitaría hacer nada y podría descansar plenamente cuando quisiera.
El de la boina, escupió la pajita de la boca, le miró y concluyó:
– ¿Y qué estoy haciendo ahora?
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