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4 de enero de 2015

"¿Por qué no somos cucarachas?"

Estábamos jugando con las palabras cuando apareció “cucaracha”. A mi hijo le hacía gracia su sonido y enseguida la asoció a la célebre canción en que este bicho ya no puede caminar. Momento en el cual se desternillaba como si hubiera encontrado un chiste a los cuatro años, su edad. Pero, de repente, paró de reírse y me preguntó: “Papi, ¿por qué no somos cucarachas?”.


Mi respuesta trató de ser cautelosa y poco categórica: “Porque tu mamá y tu papá no son cucarachas, hijo. ¿Te imaginas que nosotros fuéramos cucarachas?”. Admito que fue una respuesta con trampa, en tanto en cuanto incluía implícitamente parte de su pregunta. Sin embargo, surtió efecto: “Sí, me lo imagino: tendríais antenas, tendríais muchas patas y … Papá, ¿las cucarachas vuelan?”. Cuando digo que surtió efecto, me estoy refiriendo a que pude zafarme de una retahíla de porqués, pero no pude zafarme del cinturón de seguridad y comerme a besos a mi hijo hasta que dejamos la autovía.

Ya estaba preparándome para tirar de las vagas nociones sobre nuestra evolución homínida. Entre mi hijo y yo suele datarse desde la aparición del Autralophitecus, un simpático ser que “surgió hace millones de años, mucho después de la extinción de los dinosaurios”, y cuyo “esqueleto fósil” hemos podido contemplar en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (Madrid). Y no fue necesario volver a disfrutar del primer capítulo de la serie “Érase una vez... el hombre”.

A decir verdad, no deja de ser una narración. No es ciencia, pero es literatura basada en hechos científicos, que, al fin y al cabo, parece corresponderse más con la realidad que lo narrado por el Génesis, ¿no les parece? 

Podría haberle dicho que somos hombres, hechos a imagen y semejanza de un ser sobrenatural que llaman Dios, que dicen que nos puso en la Tierra. Después de haber puesto a las cucarachas y a otros animales. Pero prefiero que siga haciéndose preguntas hasta que algún día descubra que cucarachas y humanos tuvimos algún ancestro común (supongo que un ser unicelular). Quizá entonces se pregunte si ese ancestro sería a imagen y semejanza del tal Dios. O quizá trate de ir más allá y llegue al origen del Universo. No lo sé.

Además, tampoco somos para tanto los humanos: apenas llevamos unos cientos de miles de años por aquí, mientras que las cucarachas llevan millones de años. No creo que lo preguntara por eso.

Unos días después he averiguado que lo que le preocupaba es que la cucaracha no pueda caminar porque le faltan, porque no tiene, las dos patitas de atrás.


19 de abril de 2014

Bendita infancia en el pueblo

Nos bautizaron a todos. Nos animaron a ser monaguillos. Pero nos importaba un pimiento. Sabíamos que en Semana Santa nos veríamos muchos días, en la antesala a las grandes vacaciones de verano. En realidad, no pasaba gran cosa: bicicletas, excursiones a las fuentes, partidos de fútbol, merienda por las calles del pueblo, jugar a liebre, al escondite hasta las tantas... O así era hace treinta años.

Fuente

Terminaron las luces con las velas, la oscuridad con aquellas. La iglesia, recostada en su piedra, proyectaba su sombra ante la luna llena, oronda y reluciente. La luna; la iglesia, su sombra.

Fieles, como los de cualquier balanza, se decantaban hacia un lado o al otro, en las camas, sumidos ante Morfeo, ante su dios milenario. A vueltas de todo, descansaban sus pensamientos o consultaban con su almohada. La paz la encontraban al cabo de un par de horas, cuando las torrijas estaban más que deglutidas. Pero ya no eran conscientes.

El pueblo les arrullaba entre balidos nocturnos de algún rebaño, repleto de ovejas negras tras la luna que ocultaban, en el monte, cercano a las eras. El rebaño; el monte, subiendo las eras. El pueblo, en el monte, como las eras. Y ninguna cabra, ninguna para tirar al monte.

Quienes soñaban con la indumentaria que llevarían el Domingo de Resurrección. Quienes soñaban con las miradas que les lanzaban los de los bancos próximos a la sacristía. Quienes soñaban con sus difuntos. Quienes soñaban y no se acordaban. Pero todos soñaban. Todos, hasta los embrutecidos por la limonada que corría por sus venas. Aquí paz y después gloria.

Judas, traidor, tiraba por tierra el amor de su maestro por treinta monedas de plata. El amor de su maestro por Judas; Judas lo tiraba por tierra por treinta monedas de plata. Traidor. ¿Qué pasará mañana?

Amanece. Incluso antes de la señal de los primeros gallos. “¡Quiquiriquís a mí!”, se dice el Sol. “¡Monsergas!”, el pastor; “¡hostias!”, el pastor de almas. Las ocho: un Land Rover dispuesto a dar guerra ruge por la plaza, un chucho se aparta, otro persigue la humareda que no logra ahogar sus ladridos. El Mele hace su aparición; es el primero..., pero, ¿para qué? Es Viernes Santo y hoy no viene el pan. Por si acaso, es el primero. Toda la plaza para él, que se lo ha ganado. Hasta que un par de chiquillos aparcan sus Bicicross en el pilón de la fuente. Son el chico el Luis, el mayor, y el de la Conso, también el mayor. El Usebio, más tarde, la Flora, y también la Petra, se saludan con un “está buena la mañana” y un “parece que sí”.

Han de pasar un par de horas para que la plaza del pueblo exhiba una representación de los venidos para estas fechas. De la capital. El pueblo se puebla.

Amaneció el sábado, amaneció el domingo. Y llegó el lunes, el que hace la Pascua: el pueblo apenas sin almas hasta el siguiente fin de semana. Si no llueve.

Porque, amigos, la procesión iba por dentro: solo quería pasar las vacaciones con mis amigos del pueblo. ¡Bendita Semana Santa! ¡Bendita infancia!




6 de junio de 2013

Educación en valores, pero sin adoctrinar.

En nuestra sociedad parece aceptarse el respeto a las demás personas, pero habría que distinguir muchos matices. Por ejemplo: lo que para algunos respetar significa no dañar físicamente, para otros incluye no dañar afectivamente, y viceversa; lo que para algunos merece una recompensa, para otros sólo es el deber cumplido; en una empresa se habla del trabajo en equipo, pero se premia la competitividad; etc.
Estos matices son importantes en educación.

La importancia no está sólo en las diferencias, sino en cómo se marcan esas diferencias de matices. En relación con el planteamiento de este post, las diferencias se marcan desde el momento en que se comparan los hechos individuales con los hechos más comunes entre individuos. Esas comparaciones que se realizan sobre categorías naturales, no sobre conceptos estrictamente formales, dan lugar a interpretaciones modeladas por la voluntad y la adaptación a su medio de cada individuo. Los valores no son instruccionales, no son leyes. Porque no somos máquinas, somos algo más rico, se nos ha permitido crear, avanzar en el conocimiento. Y los valores, desde luego, devienen en parte de ese conocimiento que vamos creando.

Aquí hallamos una primera consideración importante: o creemos en la construcción de los valores, o asumimos que hay una moral universal. Esto viene a responder a la pregunta de cómo se marcan las diferencias de matiz cuando educamos: o presentamos a los niños y adolescente los medios por los que descubran y construyan valores útiles, o les imponemos constantemente un modelo normativo en el que ni siquiera creemos. Por ejemplo: imaginemos a dos hijos comiendo. La niña está comiendo lo que le va sirviendo su progenitor, pero el niño hace ascos al primer plato y quiere el segundo. ¿Qué sentido tiene expresarles constantemente que no deben compararse, que cada cual es diferente y ambos son maravillosos, si en la comida le decimos al niño que su hermana le va a ganar?

Quizá no esté tan clara la conducta adulta desde el punto de vista ético. Y, si no está tan clara, ¿cómo podemos educar en valores a los niños y a los adolescentes?

A nuestro juicio, antes debemos acordar entre adultos algunas cuestiones básicas. No los valores, sino, al menos reconocer las dificultades que nos podemos encontrar incluso en  comunalidades estadísticas, incluyendo en ellas la dificultad de convenir qué es o dónde se ubica la propia adultez.

Por una parte, podemos abordar el problema del conocimiento: empezar por admitir que la interpretación de la realidad es poliédrica. Quizá desde esa interpretación, punto de partida común, sería más fácil empezar a comprender que no estamos solos y que en algún momento de nuestra vida nos necesitamos. Por otra parte, vuelve a surgir un problema: esto lo podemos hacer con quienes tenemos conexión (lo siguiente en admitirse). Lo podríamos representar así:
Esta desconexión, en la práctica, parece que se produce entre quienes tienen acceso al conocimiento y quienes no lo tienen; parafraseando a Sócrates: Quien es sabio es bueno. Pero, siendo realistas: no todo el que tiene acceso al conocimiento es sabio.

Esto nos lleva a otra consideración importante: la reflexión es necesaria en el proceso constructivo del aprendizaje de valores*; no bastan los simples datos, la voluntad de descubrir y la capacidad adaptativa a nuevas experiencias aportan ingredientes de nuestra cosecha, sin duda necesarios para interiorizar y creernos esos valores. Aunque el término conocimiento comparta raíz con el verbo conocer, el conocimiento va más allá, requiere comprender. La mejor forma de interiorizar algo pasa por la experiencia directa, pero no se puede vivenciar todo. Donde no llega la vivencia, llega la reflexión, con todo su equipaje: evocación, simulación, análisis… y afectividad. No hay razón humana sin afectos.

Luego, convendría preguntarse si no estaremos ya educando en valores. Supongo que sí, aunque quizá no sean los valores que dictan los de siempre.


*Éste es uno de los principales argumentos que dio pie a nuevos modelos de educación en valores, como alternativa al paradigma de socialización de Durkheim (basado en la imposición). Cabe destacar el modelo de clarificación de valores, surgido de las teorías humanistas de Rogers y Maslow, entre otros, y cuyos máximos exponentes fueron Raths, Kirschembaum y Howe. Según esta corriente, el individuo, con la ayuda de una acción planificada desde fuera, puede ir descubriendo y apreciando lo que realmente quiere, para actuar con criterios propios que ha llegado a interiorizar. Nuestra discusión hasta ahora lleva implícitos estos polos: la sociedad o el individuo, pero este debate se puede matizar en función de cómo sea la sociedad y de cómo sea o esté el individuo. Y naturalmente, como apuntó Kohlberg, el desarrollo moral está, hasta cierto grado, vinculado al desarrollo cognitivo (Obviamente, no se puede razonar con niños a cualquier edad, por ejemplo).