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28 de febrero de 2016

Pero la LOMCE es injusta


Cualquier cambio legislativo, normativo en general, provoca inestabilidad tanto a los ciudadanos, como a quienes sirven a los ciudadanos siguiendo las directrices en todo momento.

A. van Ostade: "El maestro de escuela"

La promulgación de la LOE1 supuso de nuevo un gran cisma en el sistema educativo, como sucedió con leyes anteriores. Pero la reforma del Código Penal también lo supuso para los profesionales y aun los estudiantes de Derecho. Como empezamos diciendo, en ambos casos el problema no sólo está en la incertidumbre de quienes nos formamos o nos dedicamos a una actividad profesional u otra, sino más bien en todas los usuarios de los servicios públicos afectados por estas normas de Educación y Justicia. De manera que convendría que los docentes contáramos hasta diez antes de patalear, puesto que no somos el ombligo del sistema educativo… Lo somos pero con el resto de ciudadanos a quienes servimos, y para quienes, por supuesto, también son las leyes que solemos denostar por sistema. Refiriéndonos, por ejemplo, a la LOE, no creemos que fuera ésta, ni sus precedentes, las responsables de todos los males que aquejan a nuestro alumnado. Al menos no en exclusiva, como quieren señalar los promotores de la LOMCE.

Las leyes, las normas legales en general, nunca son anteriores a las costumbres; siempre van a remolque. Las cámaras legislativas proponen normas que mejoren el funcionamiento del Estado, pero, para ello, antes han debido constatar cuáles son las necesidades de mejora. Ésta es la teoría. La práctica es otra: en demasiadas ocasiones las necesidades de mejora son el caballo de batalla desde múltiples ideologías, cuando no de diversos intereses más o menos oscuros. Porque se habría de legislar para todos y, si no, al menos, para la mayoría (o las mayorías; las minorías suelen tener las de perder).

Pues bien, la ley de educación también ha sido (y es) uno de esos caballos de batalla. Sin embargo, no es la LOMCE una ley que haya surgido propiamente de necesidades de mejora, sino sobre todo como contraposición a una ley emanada de una ideología diferente (dicho esto sin entrar en consideraciones de conveniencia o intereses, que los hay), la LOE. Que, a su vez, supuso una ruptura con la LOCE2. La cual, a su vez, fue ideada con la excusa de paliar las carencias generadas por el desarrollo de otra ley anterior, la LOGSE, curiosamente de distinta ideología. Por lo cual, muchos detractores de la LOE, apenas arrancó hace unos años, la tildaron como una continuación o extensión, cuando no un calco, de la maltraída LOGSE.

Cuando hemos aseverado que las leyes educativas no son responsables en exclusiva de los problemas de los alumnos, nos ha faltado por señalar otros factores, entre los que –a nuestro juicio– cabría reseñar los siguientes:
  • En los últimos veinticinco años se han producido cambios sociales que afectan significativamente al modelo educativo tradicional heredado de la familia.
  • Se ha ampliado la tipología de familia:
    • Incremento del número de familias monoparentales
    • Incremento del número de adopciones y acogimientos
    • Etc.
  • Se han modificado algunas de sus relaciones:
    • Internas:
      • La madre ha ido cediendo tímidamente protagonismo al padre en la crianza de los hijos
      • Han cobrado importancia los papeles educativos de otros familiares, especialmente los de los abuelos
    • Externas:
      • La madre ha delegado decididamente muchas de las tareas educativas a agentes externos como la escuela, debido a que, en muchos casos, el padre se ha lavado las manos
      • Cada vez se ha recurrido con mayor frecuencia a guías o ayudas externas, desde instituciones no escolares como servicios sociales, sanitarios o psicológicos
  • Estos cambios sociales están interrelacionados con una profunda reestructuración de nuestro sistema económico:
  • Vuelco en el sistema productivo; que se manifiesta en la progresiva hegemonía del sector terciario:
    • Lo que ha dado mayor cancha a la inserción laboral de la mujer
    • Se han modificado las expectativas laborales de los futuros trabajadores y, en consecuencia, se han cambiado muchos valores de y hacia el trabajo (disponibilidad para cambiar de residencia, aumento de la temporalidad laboral...)
    • Etc.
  • Envejecimiento de la población:
    • Creación de nuevas necesidades y, por tanto de nuevos productos, sobre todo los relacionados con el ocio y la imagen personal
    • Retraso en la edad de emancipación, de paternidad...
    • Cambio de valores: auge de un epicureísmo mal entendido, sobre todo
  • Tendencia a la formación-especialización
  • Etc.
  • España se ha acabado de integrar en el marco de los países desarrollados, sobre todo a partir de su ingreso en la CEE (UE)
  • La toma de decisiones está vinculada a otras instituciones diferentes a las del Estado Español: Unión Europea, OCDE, empresas multinacionales...
  • Descentralización del Estado, concreciones legislativas para cada Comunidad Autónoma.

Es decir, desde nuestra óptica, resulta estéril establecer el debate educativo exclusivamente en el texto de una Ley, sin tener en cuenta que la educación compete a toda la sociedad y depende de cómo se desarrolla esa sociedad. Y, por tanto, más allá de ideologías —que siempre pesarán—, es necesario pactar leyes acordes al momento social e histórico que vivimos y que queremos vivir. Los promotores de la LOMCE han rehuido a los pactos.

Por poner unos ejemplos: de nada sirve declarar la intención de atender a la diversidad si no se prevén ni se provee de recursos (humanos, técnicos, formativos, de materiales...) suficientes para llevarse a cabo, pero, sobre todo, si no se cuenta con alguna motivación para las familias, de forma que éstas se impliquen de forma clara en la educación de sus hijos. No es de extrañar que en alguna zona marginada de Madrid se den casos de chavales de catorce años de los que no se conoce ni dónde viven ni quiénes son sus tutores legales. Si antes no se actúa en la base de la persona, ¿cómo vamos a salvarle con la enseñanza aséptica de, por ejemplo, un sistema de ecuaciones lineales? Y la LOMCE insiste e insiste en la calidad como solución de problemas lineales, cuando la realidad es caótica.

La educación (la educación formal también) implica a más agentes que los estrictamente vinculados al ámbito académico: Administraciones, servicios sociales y, por supuesto, familias. Pero la LOMCE resta voto a las familias en los consejos escolares y es promulgada con todos los estamentos en contra.

Por tanto, la ley puede ser más o menos justa, pero una cosa parece clara: la ley no es un axioma para todo, nunca recoge toda la realidad. Porque la realidad es inabarcable, pero también porque la realidad es dinámica. Y, por esta segunda razón, es necesario adaptar las leyes a la sociedad, no al contrario. Quizá sea ése también uno de los motivos por los que se han producido tantos cambios legislativos de los que hablamos al comienzo de esta reflexión. Pero la LOMCE es el colmo del cambio legislativo con calzador.



1 Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación

2 Ley Orgánica 10/2002, de 23 de diciembre, de Calidad de la Educación




12 de diciembre de 2014

Educación, manos a la obra

Mi amiga Marisol –porque me gusta hablar de educación con mucha gente– siempre me dice que no puedo pretender que los padres cumplan a rajatabla los compromisos de rutinas, de autonomía o de lo que sea con sus hijos. Añade que hoy en día todos vamos con prisas a todos lados y que no se puede. Le replico que entonces los padres no deberían aspirar a conseguir lo que no se preocupan por conseguir. Sin ir más lejos: ¿Cómo pueden pretender que su hijo mantenga la atención para resolver un encajable si apenas juegan con él? –por no hablar de comer solos con la cuchara, ponerse solos los zapatos, etc.–. Mi amiga entonces resuelve: “Es que es muy fácil echarle la culpa a los padres, pero el buen profesor debe saber motivar a cualquier niño”. Pero, yo, que soy un puñetero, le contesto: “Sí, claro. Si tengo una clase de veinte skins en 4º de ESO, a ver cómo les motivo para que acepten a su compañero negro. Como no me echen una manita los padres..., que deberían haberlo hecho antes. Marisol, que no soy Gandhi”.


¿Educar? ¿Hacia dónde? Las grandes palabras nos dirigen hacia grandes fines. Pero, ¡ay!, ¿con qué? Trataré de ilustrarlo:

Pretendo llevar a unos amigos a casa, donde organizo una fiesta. Hay quien vive en Almería; los hay que vendrían de Vizcaya; otros, de La Coruña, y la mayoría, de Madrid. Como la fiesta es en Guadalajara, los de Madrid lo tienen fácil: quienes quepan en un solo coche, se acoplarán en él; los que no, podrán hacerlo en tren o en autobús. Como soy muy desprendido y los quiero mucho, les prometí que yo costearía el transporte de todos. Hablé demasiado rápido, porque cuando reparé en los gastos y en mis fondos, me di cuenta de que no tendría para todos, ya que los trayectos desde Almería, Vizcaya y La Coruña son demasiado costosos, debido a que supuse que todos mis invitados de allí vendrían en autobús, ya que ninguno tiene coche. Pero resulta que unos necesitan venir en tren por fobia al autobús y otros necesitan el avión para venir a tiempo después de cumplir con sus obligaciones. “Está bien”, me digo, “les propondré diversas soluciones”. La primera opción es que entre todos pongamos un bote para paliar lo que me falta. La segunda opción es que retrasemos el evento para más adelante, hasta que tenga dinero suficiente, en virtud del nuevo trabajo que tendré. La tercera opción es la de costear todos los viajes a condición de que cada uno traiga algo para la fiesta: comida, vino, música, etc... No se me ocurren más opciones. Me gasto un dineral en teléfono y al final hay fiesta, pero no como esperábamos.

Bien, esta parábola podría aportar un modelo de Estado organizador. De similar forma podría haber supuesto una situación en que la decisión original de la fiesta hubiera partido de, si no de todos, una buena muestra de los amigos. En ese caso, hallaríamos los intereses de unos encontrados con los de otros y puede que, con sinergia, diéramos con la mejor manera de organizar la fiesta.

Con estos dos ejemplos quiero reseñar lo acontecido en poco más de cinco mil años de educación: quizá hayan pasado diferentes visiones amables de la educación y de la infancia, sobre todo en los dos últimos siglos, pero, incluso en Occidente, parece que la puesta en práctica de tales ideas es costosa, o, cuando menos, dificultosa.

Cuando iniciaba mis estudios, con la Ley del 701 en marcha, tuve la suerte de percibir “buen rollo” entre lo que me sugerían y veía en casa con lo que me sugerían y veía en el colegio. Como si la complicidad de mis padres entre sí se prolongara a mis profesores. Eran otros tiempos, pero también había dificultades. Había masificación de alumnos (más de treinta por aula), los materiales didácticos eran escasos, la cultura académica de las familias era menor y todavía primaba el criterio docente del maestro sobre el de los progenitores, por citar unos ejemplos. Hoy en día los centros gozan de mayor autonomía, en ellos las familias tienen más foros de participación, estas, a su vez, cuentan con mayor bagaje cultural y las ratios tratan de garantizar una enseñanza más personalizada. Mi visión ahora es parcial, rozando el corporativismo y la nostalgia, por lo que no entraré en comparaciones cuantitativas de mejor ni peor. Quiero significar que la Educación muta, como cambia la sociedad, todo cambia (ni siquiera el tiempo es absoluto). Puede ser que el cambio de una no lleve asociado el cambio de la otra, pero, de alguna manera, como si de un organismo vivo se tratara, si enferma, trata de sanarse, y, si muere, es natural (hasta ahora) que nazca otro, otra sociedad con otra Educación. Invoco una célebre frase de José Luis Sampedro: “no es que otro Mundo sea posible, sino que otro Mundo es seguro”. Ahora bien, tenemos dos opciones, y solo dos: o nos dejamos llevar, a ver qué nos depara; o ponemos voluntad y medios para tratar de dirigir nuestro presente al mejor de los futuros.

Actualmente nos encontramos (todavía) con un panorama de desencuentros: Ley de Educación de una forma o de otra, la culpa es de las familias, la culpa es de los inmigrantes, los profesores también se llevan lo suyo, etcétera. Doctores tiene la Iglesia, pero la Educación también. Y, en este sentido, algo se está removiendo desde hace años: análisis etiológicos, diagnósticos, muestras piloto... Parece que hay preocupación por la Educación, como si se diera la motivación que en su día promovió el movimiento de la Escuela Nueva. Pero falta dar el paso activo, nuevo, el de poner en funcionamiento algo. Quizá sepamos qué queremos y, sobre todo, para qué lo queremos, pero no basta con las palabras.

Unas palabras que chocan con costumbres cotidianas, con necesidades de ahora: ¿Cómo vamos a pedirle a una madre que reduzca su jornada, a expensas de su promoción laboral? La noble tarea de educar, reservada a la madre que ya no está porque debe compaginar o conciliar, además del sueño, su vida familiar y laboral. ¿Y el padre? ¿Qué madre?, ¿qué padre? ¿En qué modelo de familia nos apoyamos? ¿Es necesaria la familia? ¿Cuál es la familia ideal? ¿Debemos renunciar a la máquina del progreso? ¿Alguien podría parar el andamiaje de producción de Taylor? Posiblemente Ford no imaginó que la producción de su modelo “T” daría tantos quebraderos de cabeza a las ciudades y a quienes las padecen. ¿Civilización? A lo mejor hemos de permanecer en un sistema cerrado, en una aparente clase media que nos mantiene alejados de los otros dos tercios de la población mundial. A lo mejor nuestra sociedad es eso, nuestra... y que no nos la cambien. Que cada cual mire para sí. ¿Y los niños? Esos pequeños seres que crecen y acaban siendo como nosotros.

Solo palabras, pero seguimos sin materializar un pacto de Educación en España.
Si queremos una sociedad mejor, hemos de prepararla. Aunque solo sea por eso: Educación, manos a la obra.



1 Ley 14/1970, de 4 de agosto, General de Educación y Financiamiento de la Reforma Educativa (LGE)