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10 de noviembre de 2015

Animando a aprender

Alberto cursa cuarto curso de Primaria. Hay tardes en que apenas dedica tiempo a otra cosa que estar sentado frente a los deberes: merienda, deberes, cena... y alguna vez, todavía, deberes. A juicio de sus padres, no son demasiados, pero le cuesta mucho ponerse a ellos. Aunque esto solo es ocasional, cada vez lo lleva peor. Es raro que saque algún tema de clase, cuando, en realidad, hasta principios del curso pasado solía llegar a casa con alguna novedad: "ya sé la tabla del siete", "la luz es lo más rápido", "el Duero pasa cerca del pueblo del abuelo", ...

De Mechanics Magazine (Londres,1824)

20 de agosto de 2013

¿Deben ser gratificantes las actividades escolares?

Hay sectores educativos que destacan el valor del esfuerzo como recompensa intrínseca a la realización de cualquier actividad. Se trata de una vieja concepción bíblica: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Aunque, al fin y al cabo, no es más que el primer principio de la Termodinámica: “Es imposible construir una máquina de funcionamiento periódico que produzca energía en forma de trabajo sin consumir una cantidad equivalente de energía”. Vamos, que todo nos cuesta trabajo.
La falacia del móvil perpetuo
Hasta ahí de acuerdo, ¿pero qué importancia tiene machacar que todo nos cuesta un esfuerzo, por mínimo que éste sea? Imaginaos la siguiente escena:
Una niña acompaña a su padre y le ayuda a portar una bolsa de pan que han comprado en la panadería del barrio. De vuelta a casa el padre le pregunta:
─ ¿Pesa?
Y la hija responde:
─ ¡Qué va, papá! No pesa nada
─ Algo pesará, hija –le corrige el padre-.
Es obvio que la niña percibe el peso, aunque no lo comprenda.
Pero, aun cuando lo comprendiera, puede que siguiera despreciándolo. Le gusta acompañar a su padre a comprar, no necesita ningún aliciente más sobre lo que está haciendo de buena gana. Quizá si su padre le hablara de un trabajo similar en la Luna, entonces su tarea aún sería más enriquecedora: “en la Luna el pan pesaría menos”, etc. Pero, de la otra forma, al cabo de salir dos semanas a comprar el pan con su padre, la niña acabaría aburrida, si no harta, de la misma canción.

Ya sabemos que la vida es difícil, también lo era para los espartanos, quienes no siempre derrotaban a los atenienses. ¿Acaso era menos dura la vida ateniense? Supongamos un astronauta que vuelve a la Tierra después de permanecer semanas en una nave sin apenas gravedad: sus músculos se atrofian por la falta de esfuerzo motor. Pero hedonismo no siempre es antónimo de esfuerzo.

Un niño que coloca las canicas en triángulo puede que se esfuerce tanto o más que otro niño que lee y relee en un libro las propiedades de los triángulos equiláteros. Quizá ninguno alcance la capacidad de abstraer la figura... Son diversas formas de dirigir el esfuerzo.
Quizá la mejor actividad sea aquella que favorezca mayor eficacia y eficiencia en los aprendizajes de los alumnos; es decir, resultados, pero no debemos dejar pasar que:


eficiencia = resultados / esfuerzo

Sin olvidar que hay resultados más visibles que otros: pasarlo bien es un buen resultado, ¿por qué no? Siendo así, es más fácil que cualquier persona tienda a repetir un esfuerzo... perdón, quisimos decir una actividad.


Si una actividad es gratificante, ¿aprenderá el alumno a valorar el esfuerzo que entraña hacerla?, ¿percibirá que desarrolla un esfuerzo al realizarla? El esfuerzo se da, no creemos que sea imprescindible recordarlo constantemente, aunque convenga que el alumno valore por sí mismo que a veces es más necesario que otras esforzarse más. Pero, sobre todo no creemos que la letra con sangre entre ni que preparar para el sufrimiento sea la mejor manera de afrontar la vida. Si no, que se lo pregunten a todos los niños y niñas maltratados.






15 de diciembre de 2012

Esfuerzo pese a todo



Decir hoy en día que estamos en manos del capital suena tan poco vigente e indeterminado como la teoría del flogisto en el s. XIX, está superado.
Lo que expuse en las entradas Trabajo,esfuerzo y crisis I y II, venía a ser una aproximación general, a modo de pensamiento lateral, para tratar de comprender por qué nos hallamos en la denominada crisis económica y financiera. Con esta nueva entrada al blog trataré de explicar esas primeras reflexiones con algunos ejemplos, generalmente en la misma dirección: esfuerzo o trabajo se dan casi siempre, pero lo importante es la intensidad en una u otra dirección.
Para comenzar me voy a permitir una pequeña licencia: servirme de un modelo teórico de la mecánica clásica, según el cual, podemos asumir de forma reducida la definición de trabajo como una magnitud que indica el efecto de la aplicación de una fuerza para el desplazamiento de un cuerpo en una determinada dirección en el espacio. Su fórmula intuitiva es la siguiente:

Donde F indica la fuerza ejercida y d, el desplazamiento. Lo significativo de esta formulación es que, aunque el trabajo W es escalar (sólo es una cantidad), tanto la fuerza como el desplazamiento se producen en sentidos y direcciones concretas (las flechas simbolizan esto, indican que fuerza y desplazamiento son vectores). El trabajo puede tomar valores positivos, negativos e incluso el valor nulo (cuando son perpendiculares la dirección de la fuerza y la del desplazamiento).
Tras este breve repaso, pasaré a exponer algunos ejemplos, en los que puede subyacer este modelo, y de donde podremos extraer algunas conclusiones.
Imaginemos a un estudiante que acaba de doctorarse y a quien le conceden una beca de investigación en una empresa. Transcurridos tres años investigando, llega a publicar su primer artículo en una revista de cierta resonancia en su campo. Lo publicado formaría parte de un estudio que aportará una mejora en una fase del proceso de producción de determinados productos comercializados por su empresa. Al cabo de un año, son implementados los resultados de su estudio y, al cabo de seis meses, se habría constatado su mayor eficiencia. Paralelamente, el investigador habría ido estrechando lazos con personas influyentes de su organización. Por todo ello, al cabo de cuatro años más, sus méritos serían reconocidos y se le nombraría director de producción. Como la coyuntura fuera buena, sería propuesto para consejero delegado, puesto que comenzó a desempeñar a los once años de su llegada a la empresa. Su perfil respondía a las expectativas de diversas empresas, de manera que, con el tiempo fue desarrollando su profesión como alto ejecutivo en diferentes sectores, sucediéndose en algunas ocasiones fuertes compensaciones económicas en forma de stock options, bonos, etcétera.
A primera vista la carrera profesional de esta persona parecería impecable, pero ¿estaríamos de acuerdo si la empresa en que se desarrolló se dedicaba a la fabricación de armas? Seguramente disentiríamos en nuestras apreciaciones: valiéndonos de la definición física de trabajo (y sin valernos de ella), para muchos su trabajo habría sido negativo, habría aplicado una fuerza en sentido contrario al desplazamiento de nuestra sociedad, en contra de la paz.
Supongamos que su empresa inicial no estuviera en el sector de armamento, sino en el farmacéutico. Nuestra valoración general sería buena, pero podríamos preguntarnos algo más: si la mejora en el proceso que estudió conllevaba una importante deforestación tropical en pos de encontrar una sustancia imprescindible para el abaratamiento del proceso. Si el abaratamiento del proceso facilitaba el acceso de la población a un medicamento muy necesario, quizá muchos perdonarían ese mal menor que habría significado la deforestación. Si el abaratamiento se orientaba sobre todo a la rentabilidad de la empresa, la deforestación se vería como imperdonable.
Pero aún podemos ir un poco más lejos. Suponiendo que su trayectoria en la empresa no hubiera planteado ningún dilema serio, podríamos empezar a imaginarnos que su periplo como alto ejecutivo se hubiera basado en el diseño y aplicación de instrumentos financieros, por ejemplo. Su política de diversificación de activos le podría haber llevado a la diversificación de riesgos en general: trasladando inversiones a futuros, refinanciando capitales... Todo dentro de un marco legal, como lo ha sido la fabricación de armas y la deforestación de grandes masas selváticas.
Esta persona se habría esforzado muchísimo a lo largo de su vida en todos los casos. Durante un tiempo, prácticamente toda su vida, habría representado el espíritu de superación e incluso habría sido un prototipo de buen trabajador. Pero en algunos supuestos comentados, nosotros como observadores no habríamos hallado un lugar de acuerdo al juzgar sus prácticas.
A estas alturas, ya habrá lectores que hayan caído en la cuenta de que los matices que propongo no tienen relevancia si son referidos a una sola persona. Supongan, entonces, que hay un colectivo de personas con prácticas similares a las de nuestro ejemplo. Por definir alguna característica común, establezcamos como esencial un interés denodado hacia su trabajo y una excelente capacidad para comunicar sus logros. Como sugerí en Trabajo, esfuerzo y crisis(II), esto, dentro de la legalidad, nos puede parecer lícito, como a ellos, pero también ilícito (Quiénes hacen la élite). Pero ya que este colectivo no es consciente o le importan un pimiento las consecuencias negativas de sus prácticas a medio y largo plazo, ¿no es posible que quienes vivimos a su estela seamos tan miopes como para no ver la que se nos avecina?
No es mi intención demonizar este tipo de prácticas o de actitudes, pues me parece excesivo generalizar incluso en eso; no dejaría de ser una burda simplificación. De la misma forma espero que la generalización en el sentido opuesto también sea percibida como excesivamente reduccionista: no todos los esfuerzos que redundan en uno mismo son necesariamente perjudiciales para los demás.
Por eso, no se puede aludir al capitalismo como a la razón última de nuestra crisis. Es un factor más, en cuanto a su forma extrema de liberalismo económico, pero ni siquiera el mismísimo Adam Smith excluía cierta regulación. En un ejercicio de abstracción mayor, encuentro un modelo que puede explicar con más tino qué pasa: somos una organización, en la que se dan intereses individuales y que, en tanto a organización, coexisten con intereses comunes o rectores que definen a la organización (civilización, sociedad... no importa tanto la terminología). Lo que parece claro es que los esfuerzos de unos y otros acaban respondiendo a la estructura y a la cultura (o señas de identidad, en forma de valores, principios, actitudes...) de la organización y, a su vez, definiéndolas. Si se viera el capitalismo como patente de corso para todas las voluntades individuales, sería negar la propia organización. Y, desde luego, no ha llegado hasta ese extremo, porque seguimos teniéndonos como organización humana, hasta los más egoístas confían en esa visión antropocéntrica que les envuelve.
Es comprensible que haya muchas razones para el pesimismo, pero, a pesar del hambre, de las desigualdades, de la ausencia de oportunidades, de los conflictos violentos, encuentro un dato, al menos un dato que me mantiene en cierto optimismo: hasta hace apenas un siglo la esperanza de vida mayor a setenta años sólo se podía referir a quizá un diez por ciento de la población mundial; es cierto que en términos absolutos las diferencias (en miles de millones de personas en la actualidad) son mayores, pero ahora podemos hablar de una esperanza de vida de al menos setenta años en una cuarta parte de la población mundial. Es un dato cuantitativo frío, pero es objetiva la mejora, pese a que afectivamente nos duelen más que nunca esas diferencias.
Queda por ver si la tendencia seguirá acentuándose en esos términos relativos y si, por otra parte, una mejora de la esperanza de vida también entraña una mejora de la vida, aunque sea reflejado en algo tan simple como el IDH (Índice de Desarrollo Humano).
Sí parece claro que, como en otras crisis, empezamos a mentalizarnos de que es necesario aunar esfuerzos en una misma dirección y sentido (fuerza y desplazamiento), como los remeros de una galera. La cuestión es quién marca las remadas y quién dirige el timón, porque nunca ha habido galeras con democracia.
Finalmente, me planteo si las entradas de este blog devienen en un trabajo positivo, negativo o nulo.



1 de diciembre de 2012

Una leve defensa de la escuela


Extraído de:
Misterio, educación y ciencia. La cuestión no es la respuesta, sino la pregunta (ISBN: 978-1409280569)

«[…] De acuerdo con que la escuela es algo (aún no vamos a entrar en su definición) que favorece entre otras cosas la transmisión del conocimiento, ese bien humano que mejora nuestra comprensión de nuestra realidad y, se supone que, de nuestras vidas... Acaso en última instancia como una garantía biológica para la perpetuación de nuestra especie.
Sin embargo, incluso desde ese punto de vista puramente epistemológico y aun ontológico, es un motivo insuficiente; es una convicción propia (y sospecho que de una gran mayoría de personas) que el ser humano necesita de otros seres humanos. Es decir, somos seres sociales. No basta con que cada uno tenga una idea de su realidad. O sí, pero la evolución parece haber demostrado que el hecho de compartir esas ideas genera conocimiento, que es mucho más potente que las ideas de cada uno por separado. Y, en general, podríamos estar de acuerdo en que la unión de esfuerzos redunda en un beneficio mayor para un conjunto de personas.
Ahora bien, alguien podría alegar que con la familia es suficiente para llevar a cabo esa –digámoslo ya- socialización. No lo creemos. La familia juega un papel imprescindible en las primeras etapas, en que el bebé y poco a poco el niño van adquiriendo mayor independencia. Progresivamente, el niño va descubriendo un mundo más amplio y diverso. Necesita ubicarse en una realidad menos endogámica –como quedaría patente desde el punto de vista de la descendencia, en la unión con otro miembro de diferente familia-. Para ello el individuo necesita haber trascendido a su familia y empezar a conocer y a vivir en grupos sociales más amplios y con menor arraigo o protección.
Si no fuera por la escuela, es posible que aún estuviéramos refiriéndonos al clan de los García, de los Pérez o de los Mc. Gregor.
Tras el paso por la escuela, el individuo ha compartido sus experiencias, inquietudes, intereses y pensamientos con otros, quienes habrían hecho lo propio con él.
Sin embargo, también es discutible que la simple reunión de niños de diferentes familias fuera suficiente para garantizar la transmisión del conocimiento. Y menos aún para la perfección de éste. Porque no olvidemos que la escuela es un agente más de socialización, pero también de mejora del futuro social, no sólo de cada individuo. Y para ello los niños necesitan guías adultos, que les orienten, les ayuden a convivir y que, en conexión con la familia y otros agentes, contribuyan a su educación: favoreciendo su aprendizaje y garantizando su desarrollo. Que, en un futuro, sirva para mejorar la sociedad. La educación, pues, para que sea perfectiva, ha de ser explicitada: organizada y sistemática. Y, como elemento de cohesión social desde la escuela, hasta cierto punto consensuada por la sociedad o con unos básicos (no sé si reducirlo a contenidos). Es decir, se hace necesaria la educación formal desde la escuela.
Es necesaria, pero no suficiente. Y, desde luego, esta justificación o defensa a ultranza de la escuela se sostiene en unos fines teóricos que en demasiados casos han resultado ser idealistas. Pero es lo mejor que tenemos y, en general, funciona […]».

19 de noviembre de 2012

Trabajo, esfuerzo y crisis (II)



(...) Cometemos el error de meter todo en el mismo saco: no todo el que tiene más dinero es un ser abyecto, ni todo el que tiene más dinero es más feliz que quien no tiene tanto. A mi humilde juicio, hay umbrales no cuantificables de forma perfecta pero sí de forma intuitiva. Hace año y medio un centro de estudios económicos y financieros de Barcelona, en colaboración con una Universidad de California, fijaba en un estudio la “renta mínima de felicidad” en $25,000 anuales. Interesante, ¿verdad? Todo lo que anduviera por debajo tenía menor probabilidad de dar felicidad -por decirlo de alguna forma-, y todo lo que anduviera por encima podía darla o no, pero en ningún caso era muy significativa la mejora -a saber en qué consistiría tal mejora-.
Quedémonos con la intuición que tenga cada cual de qué es lo que necesita para ser más feliz, sin saber exactamente qué es ser feliz. Quizá porque, como la vida es un proceso (fue un resultado al nacer), ser feliz sea una concatenación de estar feliz en diferentes instantes. ¿Es más feliz el artesano que realiza unas alpargatas que el empresario que monta una fábrica de alpargatas? Sin referirnos a algo tan desconocido como es la felicidad, centrándonos en algo más cercano como es la satisfacción, puede que ambos se sientan igual de satisfechos en sus respectivas tareas, tanto de procesos como de resultados.
Y puede que ambos se hayan esforzado en la misma medida. Y hasta con la misma eficacia: ¿se puede comparar la satisfacción de un comprador de alpargatas únicas y más caras con la de miles de compradores con alpargatas iguales, más baratas y que sirven para lo mismo?
No es tanto el beneficio como el perjuicio. En el fondo a nadie nos importa que a los demás les vaya bien siempre y cuando a nosotros no nos vaya mal. A nadie nos ha importado (o no demasiado) que las inmobiliarias ganaran dinero a espuertas durante una década porque (aparentemente) a todos nos seguía yendo bien. Pero ahora culpamos a las inmobiliarias, entre otros agentes, de los males que nos empiezan a aquejar.
Ante ésta y otras crisis se me ocurren dos maneras de pensar: a) siempre hay alguien más cualificado (más listo si se quiere) que podría haber advertido los cambios funestos; b) nadie puede determinar del todo las consecuencias. De las dos, me quedo con la segunda: por optimismo, porque creo en la naturaleza humana (volitiva, cultural, reflexiva, adaptativa... en suma, inteligente) y porque no creo alcanzable el conocimiento de toda la realidad, es decir, no somos suficientemente inteligentes. No niego, sin embargo, la primera opción, de que hubiera personas preparadas para vaticinar algunas consecuencias, pero dudo de que hubieran alcanzado una certeza convincente. Por ejemplo: ¿quién nos iba a decir que la producción en serie del Ford T nos iba a llevar al caos circulatorio de las ciudades, a los numerosos accidentes de tráfico o la desastrosa contaminación? En su día fue visto como un gran avance.
En este sentido, cabe preguntarse si ha habido instituciones (gobiernos, FMI, UE, OCDE...) suficientemente informados como para ser conscientes de la actual crisis. No me cabe duda de que han podido tener la intuición o algunas señales de precaución y de que, a pesar de eso, han pesado más los intereses personales de quienes formaban parte de estas instituciones. Pero, tampoco me cabe duda de que, si hubieran tenido la certeza absoluta de la crisis, hubieran puesto los medios adecuados... no sólo por los demás, sino incluso por ellos mismos (a no ser que fueran psicópatas). Pero nunca han tenido la certeza porque siempre han tenido la esperanza de que “no sería para tanto”. Una esperanza por la que todos hemos pasado cuando no nos ha ido la vida en ello, la esperanza que nos invita a pensar: “venga, un poquito más”. Es la esperanza de creernos conocedores de toda la realidad, asumiendo que el futuro también es realidad. ¡Qué ilusos!
Lo paradójico es que el pasado lo conocemos mejor que el futuro y, aunque en ocasiones se pueden buscar remedios en el pasado para el presente, el pasado lo damos por perdido. Por ejemplo: ¿por qué hipotecar a millones de contribuyentes si se pueden pedir cuentas a quienes se forraron ilícitamente en el pasado? Muchos lo hicieron legalmente, como también vivieron sin estar montados en el dólar millones de contribuyentes, ¿por qué a millones sí y a unos cuántos miles de personas no? ¿Consistirá en eso la crisis, en una especie de aniquilación malthusiana?
Sin duda, estamos en manos de alguien, pero, ¿de quién o Quién?

José Martín Cuesta Romero
(octubre de 2008)

18 de noviembre de 2012

Trabajo, esfuerzo y crisis (I)

Hace años que escribo. He destruido más textos de los que he mantenido. Hoy quiero compartir con vosotros el primer fragmento de un artículo que escribí hace unos años, al "comienzo" de la crisis actual:


Trabajo, esfuerzo y crisis (I)

Hace unos días le escribía a un amigo que el secreto (lo global) está en los detalles, en lo que se nos escapa y sólo encontramos si lo buscamos o nos lo muestra la divina Fortuna. Que somos cuanto queremos ser en un orden que suponemos aleatorio porque jamás comprenderemos del todo.
Somos luchadores en un mundo inerte. Luchamos por seguir vivos. Casi todos lo hacemos, aunque no haya razones para los locos.
Todos lo hacemos por nosotros y siempre hay alguien más. No sabemos si subyace una intención hacia nuestra especie, hacia todos, pero siempre hay alguien más aparte de cada uno de nosotros. Hasta los malvados piensan en alguien más además de en ellos mismos. Pero no hay razones para los psicópatas.

Si digo que somos luchadores, es porque nos esforzamos. Todos. Sin embargo, suele suceder que quien cree tener más que otros, piensa que se ha esforzado más. Justicia: “a cada cual lo suyo”. Justicia: “si tengo más es porque lo merezco más que otros”. Es obvio el paralogismo, fruto de nuestros miedos. Me atrevería a pensar que el miedo a los otros deviene del miedo general, al futuro, en donde vemos a los otros como rivales para una vida mejor. Somos sociales hasta en la comparación, genéricos hasta en lo social. Nos planteamos la vida por generalidades, sin reflexionar sobre nuestra individualidad. Si el stablishment dice tres, yo no puedo tener dos, si acaso más.
Lo hacemos porque caemos en el mismo error una vez tras otra: olvidarnos de nuestra suposición inicial de que el orden es aleatorio y que jamás comprenderemos del todo. Así, se suele caer en otro de los siguientes errores concretos: el de confiar todo a la cuantificación y el de confiar en un orden de prioridades o valores universal o válido en todas las situaciones y para todos. Solemos ligarnos a la determinación, obviando lo desconocido.
Nos sometemos a la dialéctica entre nuestra voluntad individual y lo que creemos como voluntad colectiva.

No he podido evitar pensar en lo citado en las líneas anteriores cuando he caído en la cuenta de algunas causas de dónde nos encontramos: en una crisis, en un cambio brusco acaso. No me cabe duda de que siempre se produce el cambio, pero cuando nos referimos al actual es porque al parecer es tan dramático que somos capaces de percibirlo.
Hasta ahora hemos vivido en el sofisma de que tener más que otros es a causa de nuestro mayor esfuerzo. A lo mejor es ahora cuando podemos reflexionar sobre ello y valorar qué es “tener más”. ¿Se puede cuantificar todo? ¿Acaso todos los esfuerzos redundan en el mismo beneficio?
Va siendo hora de desenredar el ovillo que hemos ido elucubrando hasta este párrafo. Fijémonos en un especulador cualquiera o, mejor, en el que cada lector elija. Quienes creen “tener menos”, pensarán de esa persona que lo que tiene es más fruto del azar que de su esfuerzo, que tuvo más suerte que ellos. Pero el especulador en cuestión se ocupará de recordarles todo el recorrido efectuado hasta llegar hasta donde está: todo lo que ha arriesgado, toda la información que ha recopilado y todo el tiempo que ha dedicado a ésas y otras tareas. ¿Cómo podemos discernir quién se ha esforzado más? Se trata también de rendimiento, de eficacia. Suponiendo que se pudiera mensurar el esfuerzo sin contar con el rendimiento, el especulador podría haber conseguido más porque hubiera dado con el sistema más adecuado. Así es la vida, como se suele decir: unos tiran por un camino y les va bien, y otros siguen por otro y no les va tan bien; unos llegan a bifurcaciones con peores tramos que otros y a pesar de eso les va mejor a que a otros con a priori mejores opciones. También pasa.
Pero incluso en estas situaciones la fortuna es un espejismo. No podemos afirmar categóricamente que los más preparados tengan más garantía de éxito, mejores opciones en cada bifurcación al fin y al cabo. Por la sencilla razón de que el logro sólo es un aspecto de nuestra realidad. Pregúntenle al especulador si ya ha logrado lo que quería.
Es decir, también es fortuna verificar que lo que se logra es lo que se quería conseguir (...).