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19 de noviembre de 2012

Trabajo, esfuerzo y crisis (II)



(...) Cometemos el error de meter todo en el mismo saco: no todo el que tiene más dinero es un ser abyecto, ni todo el que tiene más dinero es más feliz que quien no tiene tanto. A mi humilde juicio, hay umbrales no cuantificables de forma perfecta pero sí de forma intuitiva. Hace año y medio un centro de estudios económicos y financieros de Barcelona, en colaboración con una Universidad de California, fijaba en un estudio la “renta mínima de felicidad” en $25,000 anuales. Interesante, ¿verdad? Todo lo que anduviera por debajo tenía menor probabilidad de dar felicidad -por decirlo de alguna forma-, y todo lo que anduviera por encima podía darla o no, pero en ningún caso era muy significativa la mejora -a saber en qué consistiría tal mejora-.
Quedémonos con la intuición que tenga cada cual de qué es lo que necesita para ser más feliz, sin saber exactamente qué es ser feliz. Quizá porque, como la vida es un proceso (fue un resultado al nacer), ser feliz sea una concatenación de estar feliz en diferentes instantes. ¿Es más feliz el artesano que realiza unas alpargatas que el empresario que monta una fábrica de alpargatas? Sin referirnos a algo tan desconocido como es la felicidad, centrándonos en algo más cercano como es la satisfacción, puede que ambos se sientan igual de satisfechos en sus respectivas tareas, tanto de procesos como de resultados.
Y puede que ambos se hayan esforzado en la misma medida. Y hasta con la misma eficacia: ¿se puede comparar la satisfacción de un comprador de alpargatas únicas y más caras con la de miles de compradores con alpargatas iguales, más baratas y que sirven para lo mismo?
No es tanto el beneficio como el perjuicio. En el fondo a nadie nos importa que a los demás les vaya bien siempre y cuando a nosotros no nos vaya mal. A nadie nos ha importado (o no demasiado) que las inmobiliarias ganaran dinero a espuertas durante una década porque (aparentemente) a todos nos seguía yendo bien. Pero ahora culpamos a las inmobiliarias, entre otros agentes, de los males que nos empiezan a aquejar.
Ante ésta y otras crisis se me ocurren dos maneras de pensar: a) siempre hay alguien más cualificado (más listo si se quiere) que podría haber advertido los cambios funestos; b) nadie puede determinar del todo las consecuencias. De las dos, me quedo con la segunda: por optimismo, porque creo en la naturaleza humana (volitiva, cultural, reflexiva, adaptativa... en suma, inteligente) y porque no creo alcanzable el conocimiento de toda la realidad, es decir, no somos suficientemente inteligentes. No niego, sin embargo, la primera opción, de que hubiera personas preparadas para vaticinar algunas consecuencias, pero dudo de que hubieran alcanzado una certeza convincente. Por ejemplo: ¿quién nos iba a decir que la producción en serie del Ford T nos iba a llevar al caos circulatorio de las ciudades, a los numerosos accidentes de tráfico o la desastrosa contaminación? En su día fue visto como un gran avance.
En este sentido, cabe preguntarse si ha habido instituciones (gobiernos, FMI, UE, OCDE...) suficientemente informados como para ser conscientes de la actual crisis. No me cabe duda de que han podido tener la intuición o algunas señales de precaución y de que, a pesar de eso, han pesado más los intereses personales de quienes formaban parte de estas instituciones. Pero, tampoco me cabe duda de que, si hubieran tenido la certeza absoluta de la crisis, hubieran puesto los medios adecuados... no sólo por los demás, sino incluso por ellos mismos (a no ser que fueran psicópatas). Pero nunca han tenido la certeza porque siempre han tenido la esperanza de que “no sería para tanto”. Una esperanza por la que todos hemos pasado cuando no nos ha ido la vida en ello, la esperanza que nos invita a pensar: “venga, un poquito más”. Es la esperanza de creernos conocedores de toda la realidad, asumiendo que el futuro también es realidad. ¡Qué ilusos!
Lo paradójico es que el pasado lo conocemos mejor que el futuro y, aunque en ocasiones se pueden buscar remedios en el pasado para el presente, el pasado lo damos por perdido. Por ejemplo: ¿por qué hipotecar a millones de contribuyentes si se pueden pedir cuentas a quienes se forraron ilícitamente en el pasado? Muchos lo hicieron legalmente, como también vivieron sin estar montados en el dólar millones de contribuyentes, ¿por qué a millones sí y a unos cuántos miles de personas no? ¿Consistirá en eso la crisis, en una especie de aniquilación malthusiana?
Sin duda, estamos en manos de alguien, pero, ¿de quién o Quién?

José Martín Cuesta Romero
(octubre de 2008)

18 de noviembre de 2012

Trabajo, esfuerzo y crisis (I)

Hace años que escribo. He destruido más textos de los que he mantenido. Hoy quiero compartir con vosotros el primer fragmento de un artículo que escribí hace unos años, al "comienzo" de la crisis actual:


Trabajo, esfuerzo y crisis (I)

Hace unos días le escribía a un amigo que el secreto (lo global) está en los detalles, en lo que se nos escapa y sólo encontramos si lo buscamos o nos lo muestra la divina Fortuna. Que somos cuanto queremos ser en un orden que suponemos aleatorio porque jamás comprenderemos del todo.
Somos luchadores en un mundo inerte. Luchamos por seguir vivos. Casi todos lo hacemos, aunque no haya razones para los locos.
Todos lo hacemos por nosotros y siempre hay alguien más. No sabemos si subyace una intención hacia nuestra especie, hacia todos, pero siempre hay alguien más aparte de cada uno de nosotros. Hasta los malvados piensan en alguien más además de en ellos mismos. Pero no hay razones para los psicópatas.

Si digo que somos luchadores, es porque nos esforzamos. Todos. Sin embargo, suele suceder que quien cree tener más que otros, piensa que se ha esforzado más. Justicia: “a cada cual lo suyo”. Justicia: “si tengo más es porque lo merezco más que otros”. Es obvio el paralogismo, fruto de nuestros miedos. Me atrevería a pensar que el miedo a los otros deviene del miedo general, al futuro, en donde vemos a los otros como rivales para una vida mejor. Somos sociales hasta en la comparación, genéricos hasta en lo social. Nos planteamos la vida por generalidades, sin reflexionar sobre nuestra individualidad. Si el stablishment dice tres, yo no puedo tener dos, si acaso más.
Lo hacemos porque caemos en el mismo error una vez tras otra: olvidarnos de nuestra suposición inicial de que el orden es aleatorio y que jamás comprenderemos del todo. Así, se suele caer en otro de los siguientes errores concretos: el de confiar todo a la cuantificación y el de confiar en un orden de prioridades o valores universal o válido en todas las situaciones y para todos. Solemos ligarnos a la determinación, obviando lo desconocido.
Nos sometemos a la dialéctica entre nuestra voluntad individual y lo que creemos como voluntad colectiva.

No he podido evitar pensar en lo citado en las líneas anteriores cuando he caído en la cuenta de algunas causas de dónde nos encontramos: en una crisis, en un cambio brusco acaso. No me cabe duda de que siempre se produce el cambio, pero cuando nos referimos al actual es porque al parecer es tan dramático que somos capaces de percibirlo.
Hasta ahora hemos vivido en el sofisma de que tener más que otros es a causa de nuestro mayor esfuerzo. A lo mejor es ahora cuando podemos reflexionar sobre ello y valorar qué es “tener más”. ¿Se puede cuantificar todo? ¿Acaso todos los esfuerzos redundan en el mismo beneficio?
Va siendo hora de desenredar el ovillo que hemos ido elucubrando hasta este párrafo. Fijémonos en un especulador cualquiera o, mejor, en el que cada lector elija. Quienes creen “tener menos”, pensarán de esa persona que lo que tiene es más fruto del azar que de su esfuerzo, que tuvo más suerte que ellos. Pero el especulador en cuestión se ocupará de recordarles todo el recorrido efectuado hasta llegar hasta donde está: todo lo que ha arriesgado, toda la información que ha recopilado y todo el tiempo que ha dedicado a ésas y otras tareas. ¿Cómo podemos discernir quién se ha esforzado más? Se trata también de rendimiento, de eficacia. Suponiendo que se pudiera mensurar el esfuerzo sin contar con el rendimiento, el especulador podría haber conseguido más porque hubiera dado con el sistema más adecuado. Así es la vida, como se suele decir: unos tiran por un camino y les va bien, y otros siguen por otro y no les va tan bien; unos llegan a bifurcaciones con peores tramos que otros y a pesar de eso les va mejor a que a otros con a priori mejores opciones. También pasa.
Pero incluso en estas situaciones la fortuna es un espejismo. No podemos afirmar categóricamente que los más preparados tengan más garantía de éxito, mejores opciones en cada bifurcación al fin y al cabo. Por la sencilla razón de que el logro sólo es un aspecto de nuestra realidad. Pregúntenle al especulador si ya ha logrado lo que quería.
Es decir, también es fortuna verificar que lo que se logra es lo que se quería conseguir (...).