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19 de abril de 2014

Bendita infancia en el pueblo

Nos bautizaron a todos. Nos animaron a ser monaguillos. Pero nos importaba un pimiento. Sabíamos que en Semana Santa nos veríamos muchos días, en la antesala a las grandes vacaciones de verano. En realidad, no pasaba gran cosa: bicicletas, excursiones a las fuentes, partidos de fútbol, merienda por las calles del pueblo, jugar a liebre, al escondite hasta las tantas... O así era hace treinta años.

Fuente

Terminaron las luces con las velas, la oscuridad con aquellas. La iglesia, recostada en su piedra, proyectaba su sombra ante la luna llena, oronda y reluciente. La luna; la iglesia, su sombra.

Fieles, como los de cualquier balanza, se decantaban hacia un lado o al otro, en las camas, sumidos ante Morfeo, ante su dios milenario. A vueltas de todo, descansaban sus pensamientos o consultaban con su almohada. La paz la encontraban al cabo de un par de horas, cuando las torrijas estaban más que deglutidas. Pero ya no eran conscientes.

El pueblo les arrullaba entre balidos nocturnos de algún rebaño, repleto de ovejas negras tras la luna que ocultaban, en el monte, cercano a las eras. El rebaño; el monte, subiendo las eras. El pueblo, en el monte, como las eras. Y ninguna cabra, ninguna para tirar al monte.

Quienes soñaban con la indumentaria que llevarían el Domingo de Resurrección. Quienes soñaban con las miradas que les lanzaban los de los bancos próximos a la sacristía. Quienes soñaban con sus difuntos. Quienes soñaban y no se acordaban. Pero todos soñaban. Todos, hasta los embrutecidos por la limonada que corría por sus venas. Aquí paz y después gloria.

Judas, traidor, tiraba por tierra el amor de su maestro por treinta monedas de plata. El amor de su maestro por Judas; Judas lo tiraba por tierra por treinta monedas de plata. Traidor. ¿Qué pasará mañana?

Amanece. Incluso antes de la señal de los primeros gallos. “¡Quiquiriquís a mí!”, se dice el Sol. “¡Monsergas!”, el pastor; “¡hostias!”, el pastor de almas. Las ocho: un Land Rover dispuesto a dar guerra ruge por la plaza, un chucho se aparta, otro persigue la humareda que no logra ahogar sus ladridos. El Mele hace su aparición; es el primero..., pero, ¿para qué? Es Viernes Santo y hoy no viene el pan. Por si acaso, es el primero. Toda la plaza para él, que se lo ha ganado. Hasta que un par de chiquillos aparcan sus Bicicross en el pilón de la fuente. Son el chico el Luis, el mayor, y el de la Conso, también el mayor. El Usebio, más tarde, la Flora, y también la Petra, se saludan con un “está buena la mañana” y un “parece que sí”.

Han de pasar un par de horas para que la plaza del pueblo exhiba una representación de los venidos para estas fechas. De la capital. El pueblo se puebla.

Amaneció el sábado, amaneció el domingo. Y llegó el lunes, el que hace la Pascua: el pueblo apenas sin almas hasta el siguiente fin de semana. Si no llueve.

Porque, amigos, la procesión iba por dentro: solo quería pasar las vacaciones con mis amigos del pueblo. ¡Bendita Semana Santa! ¡Bendita infancia!




19 de noviembre de 2012

Trabajo, esfuerzo y crisis (II)



(...) Cometemos el error de meter todo en el mismo saco: no todo el que tiene más dinero es un ser abyecto, ni todo el que tiene más dinero es más feliz que quien no tiene tanto. A mi humilde juicio, hay umbrales no cuantificables de forma perfecta pero sí de forma intuitiva. Hace año y medio un centro de estudios económicos y financieros de Barcelona, en colaboración con una Universidad de California, fijaba en un estudio la “renta mínima de felicidad” en $25,000 anuales. Interesante, ¿verdad? Todo lo que anduviera por debajo tenía menor probabilidad de dar felicidad -por decirlo de alguna forma-, y todo lo que anduviera por encima podía darla o no, pero en ningún caso era muy significativa la mejora -a saber en qué consistiría tal mejora-.
Quedémonos con la intuición que tenga cada cual de qué es lo que necesita para ser más feliz, sin saber exactamente qué es ser feliz. Quizá porque, como la vida es un proceso (fue un resultado al nacer), ser feliz sea una concatenación de estar feliz en diferentes instantes. ¿Es más feliz el artesano que realiza unas alpargatas que el empresario que monta una fábrica de alpargatas? Sin referirnos a algo tan desconocido como es la felicidad, centrándonos en algo más cercano como es la satisfacción, puede que ambos se sientan igual de satisfechos en sus respectivas tareas, tanto de procesos como de resultados.
Y puede que ambos se hayan esforzado en la misma medida. Y hasta con la misma eficacia: ¿se puede comparar la satisfacción de un comprador de alpargatas únicas y más caras con la de miles de compradores con alpargatas iguales, más baratas y que sirven para lo mismo?
No es tanto el beneficio como el perjuicio. En el fondo a nadie nos importa que a los demás les vaya bien siempre y cuando a nosotros no nos vaya mal. A nadie nos ha importado (o no demasiado) que las inmobiliarias ganaran dinero a espuertas durante una década porque (aparentemente) a todos nos seguía yendo bien. Pero ahora culpamos a las inmobiliarias, entre otros agentes, de los males que nos empiezan a aquejar.
Ante ésta y otras crisis se me ocurren dos maneras de pensar: a) siempre hay alguien más cualificado (más listo si se quiere) que podría haber advertido los cambios funestos; b) nadie puede determinar del todo las consecuencias. De las dos, me quedo con la segunda: por optimismo, porque creo en la naturaleza humana (volitiva, cultural, reflexiva, adaptativa... en suma, inteligente) y porque no creo alcanzable el conocimiento de toda la realidad, es decir, no somos suficientemente inteligentes. No niego, sin embargo, la primera opción, de que hubiera personas preparadas para vaticinar algunas consecuencias, pero dudo de que hubieran alcanzado una certeza convincente. Por ejemplo: ¿quién nos iba a decir que la producción en serie del Ford T nos iba a llevar al caos circulatorio de las ciudades, a los numerosos accidentes de tráfico o la desastrosa contaminación? En su día fue visto como un gran avance.
En este sentido, cabe preguntarse si ha habido instituciones (gobiernos, FMI, UE, OCDE...) suficientemente informados como para ser conscientes de la actual crisis. No me cabe duda de que han podido tener la intuición o algunas señales de precaución y de que, a pesar de eso, han pesado más los intereses personales de quienes formaban parte de estas instituciones. Pero, tampoco me cabe duda de que, si hubieran tenido la certeza absoluta de la crisis, hubieran puesto los medios adecuados... no sólo por los demás, sino incluso por ellos mismos (a no ser que fueran psicópatas). Pero nunca han tenido la certeza porque siempre han tenido la esperanza de que “no sería para tanto”. Una esperanza por la que todos hemos pasado cuando no nos ha ido la vida en ello, la esperanza que nos invita a pensar: “venga, un poquito más”. Es la esperanza de creernos conocedores de toda la realidad, asumiendo que el futuro también es realidad. ¡Qué ilusos!
Lo paradójico es que el pasado lo conocemos mejor que el futuro y, aunque en ocasiones se pueden buscar remedios en el pasado para el presente, el pasado lo damos por perdido. Por ejemplo: ¿por qué hipotecar a millones de contribuyentes si se pueden pedir cuentas a quienes se forraron ilícitamente en el pasado? Muchos lo hicieron legalmente, como también vivieron sin estar montados en el dólar millones de contribuyentes, ¿por qué a millones sí y a unos cuántos miles de personas no? ¿Consistirá en eso la crisis, en una especie de aniquilación malthusiana?
Sin duda, estamos en manos de alguien, pero, ¿de quién o Quién?

José Martín Cuesta Romero
(octubre de 2008)